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Una littera
La escritura al pie de la letra

Por Fabián Muniz

Este conjunto de textos surge de una admiración. Gilles Deleuze, sentado en su apartamento frente a Claire Parnet, abrigado por un saquito de lana (uno, o dos), poseído por una fatiga alegre, intercala discurso y tos. Ella le propone palabras en orden alfabético, introduce apenas el tópico que el filósofo deberá desarrollar, y deja que todo corra por la voz del hombre, del animal de uñas larguísimas, con el que comparte un espacio (¿un territorio?). La cara de la mujer, por momentos, se refleja en el espejo que tiene en frente, y que Deleuze, a su vez, tiene a sus espaldas. En ese efecto especular, se recuerda a los reyes de Las meninas de Velázquez, a las que, por otra parte, Michel Foucault, en 1966, les dedica un estudio en las primeras páginas de Las palabras y las cosas. Casi como si, a veces, Parnet desapareciera y los entrevistadores pasáramos a ser nosotros mismos, o mejor, nadie en absoluto. “Algún día, el siglo será deleuziano”,  pronosticó, una vez, el propio Foucault.

 

Corría el año 1988 y la televisión estaba irrumpiendo con fuerza en los comedores y en las salas de estar de todos los hogares. La imagen filmada, cada vez más, iba adquiriendo una cierta relevancia en la vida cotidiana. También en 1988, yo estaba naciendo en un hospital de Montevideo, ciudad muy apartada (geográficamente) de París, capital de un país pobre, sureño, marginal, llamado Uruguay, pero que en más de un sentido encontró en París un modelo a seguir.

 

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra: el video del abecedario de Deleuze y mi nacimiento? En principio, y en un sentido objetivo, nada. Quien vea esos dos sucesos desde afuera, en ajenidad a mi sentir, por fuera de mi piel, no encontrará más conexión que mi capricho. Pero yo, que no puedo evitar estar todo el tiempo dentro de mí, percibo que la cosa se torna íntima: Gilles Deleuze hablaba y tosía frente a la cámara, frente a su amiga, mientras que yo iba naciendo. Quizás una de esas toses coincidió con la puja final de mi madre, con la que terminó por expulsarme de su vientre.

 

Muchos años después de todo aquello (es decir, hace algunos días), yo me reuní con amigos a pasar una buena noche: charla, cerveza, vino, pizza. Cuatro psicoanalistas y yo. De pronto, los sorprendí. Ya tenía casi todo planeado. Había llevado tarjetas de papel, cada una con una de las letras del abecedario. Empecé a repartir: la A al primer psicoanalista, la B al segundo, la C al tercero, la D al cuatro, la E al primero nuevamente, y así hasta terminar con todas las tarjetas… Federico se quedó con las letras A, E, I, M, Q, U, Y. David con B, F, J, N, R, V, Z. Santiago con C, G, K, O, S, W. Y finalmente a Bruno le tocaron D, H, L, P, T, X.

 

Como buscaba espontaneidad, los puse en círculo y a cada uno le fui pidiendo palabras que empezaran con las letras que les habían tocado, sin decirles para qué las quería. Y fui anotando todo en una libreta. Una vez concluidas todas las rondas, les conté para qué necesitaba esas palabras. “Voy a hacer mi propio abecedario, como el de Deleuze, pero por escrito”. Y, en ese momento, David tuvo una excelente idea. “Repitamos todo, entonces, cada uno con las mismas letras que ya tiene, pero esta vez sabiendo el propósito”. Y así lo hicimos.

 

De modo que cada entrada de este abecedario tiene dos palabras: la primera: una totalmente azarosa, ignorante del propósito al que apuntaba su advenimiento; y la segunda, más consciente, más dirigida, más detenidamente elegida para su finalidad.

 

Y ahora, tiempo después de masticarlo todo, dispuesto ya a escribir, me surge otra consideración: ¿cómo podré escribir las entradas de este abecedario, siendo que cada una deberá incluir dos palabras, las más de las veces, tan desencontradas entre sí? Vino, entonces, a mi cabeza la conocida frase del Conde de Lautréamont, que inspiró a los surrealistas y que aparece en Los cantos de Maldoror: “…bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección entre una máquina de coser y un paraguas”. Se me ocurrió, de esa manera, que iba a abordar cada entrada de este abecedario como si de “encuentros fortuitos” entre palabras se tratara, para intentar descubrir en qué radica la “belleza” de cada uno de esos encuentros, más allá de la belleza evidente, y quizás algo ramplona, que familiariza a dos palabras cuando empiezan con la misma letra.

 

Al día siguiente, anotando todo en otra hoja (una hoja de trabajo), me percaté de mi olvido, quizás un olvido imperdonable. La letra Ñ. Yo no había hecho ninguna tarjeta de la letra Ñ, pero no porque hubiera decidido que era una letra difícil (muy pocas palabras empiezan con Ñ) sino, sencillamente, porque se me había olvidado. Entonces, tomé una última decisión antes de ponerme a trabajar en el libro. La Ñ estaría al final, en una especie de epílogo, en el que a su vez intentaría reflexionar sobre ese olvido.

 

Sobre el título y el subtítulo de este conjunto: fundamentalmente, se trata de juegos de palabras. Nada más y nada menos que juegos de palabras. La “litera” es una cama de tipo dúplex: marinera o cucheta, donde un cuerpo descansa, duerme, sueña o mira el techo junto a otro cuerpo, pero en un cierto desnivel. Igual que las dos palabras de cada entrada. “Littera”, con doble t, es la expresión con la que los latinos hablaban de la letra escrita,  que a su vez no deja de remitirnos a nuestro término más moderno “literatura”. El mismo tipo de polisemia ocurre, creo, con el subtítulo. Una escritura “al pie de la letra” implica, por un lado, que debe estar ajustada o ceñida a algo; en este caso, a las palabras que me dieron mis amigos. Y, por otro lado, evoca una expresión tal como “al pie de la montaña”, en la que el sujeto está tan cerca de la montaña que no logra ver la cima, el límite, la dimensión, el alcance del fenómeno: esa también es mi situación con las palabras sobre las que voy a escribir. No conozco de antemano su cúspide ni su fondo. A su vez, podría remitir a una frase como “al pie del cañón”, que implica una actitud de alerta, de belicosidad, de vigilancia, todas ellas posiciones que incorporo al escribir. El escritor está al acecho del sentido, de cacería tras un secreto que busca conocer. Rizando el rizo, una vuelta más: la escritura también está, en este libro, “a los pies” de la Letra, subordinada a la Palabra, en el entendido de que cada entrada se parece a una combinatoria de significantes más que a la búsqueda de establecer significados precisos y certeros.

 

Sería injusto no mencionar, además del “Abecedario” de Gilles Deleuze, otros acontecimientos que participan, aunque ni yo ni ellos sepamos muy bien de qué manera, en la confección de este libro; acontecimientos que, al menos para mí, accionan algunas palancas secretas, dejan deslizar sus divertidos pellizcos, permanecen, aún si no fuera más que solapadamente, de algún modo, en cada una de estas páginas: la Jam de Literatura, Cine y Psicoanálisis que, hace años, coordinan Regina Ramos y Bruno Cancio (uno de los cuatro psicoanalistas mencionados anteriormente); los “Fragmentos de un discurso amoroso” de Roland Barthes; el “Breve diccionario para tiempos estúpidos” de Sandino Núñez; la escritura fragmentaria y ciertamente enigmática de la serie “Último Reino”, de Pascal Quignard… Está breve enumeración ajusticiará, supongo, toda otra enumeración no dicha, pero que quien lea podrá traer al espacio común de la lectura, como quien arma su carpa en un terreno que no le estaba, en principio, destinado.

 

Sin mucho más que agregar, sería bueno que esta introducción se vaya desvaneciendo, y que la cosa comience de una buena vez…

 

Montevideo, 2021

 

Arlequín / Ambiguo

Base / Bárbaro

Capa / Casa

Dedo / Día

Estupefaciente / Erosión

Filósofo / Finitud

Gorda / Grandilocuencia

Hombre / Hijo

Ingeniero / Intransigente

Jirafa / Juramento

Klaus / Kraus

Labios / Luna

Mula / Mujer

No / Negatividad

Ola / Onomatopeya

Pene / Prisión

Queco / Querer

Ramos / Relativo

Sorete / Sí

Teta / Trabajo

Urólogo / Ubicuidad

Violar / Vecindad

Werner / Werther

Xilofón / Xenofobia

Yerba / Yesterday

Zarandear / Zip

 

Epílogo por un olvido: Ñ


 

 

 

Arlequín / Ambiguo

 

No es difícil argumentar que la figura del Arlequín es una figura dual, ambigua. En primer lugar, y tal como lo indican las máscaras emblemáticas del teatro, porque expresa, a la vez, la tragedia y la comedia, la risa y el llanto, la felicidad y la tristeza (piénsese en el rostro del payaso con una lágrima pintada rodándole por la mejilla). El drama del Arlequín es conocido por todos: tiene que parecer feliz sin estarlo verdaderamente. (el Garrick de Juan de Dios Peza; el comediante según Diderot). Es una máquina de hacer reír. “Keep smiling” está grabado en los látigos de quienes ya pagaron la entrada.

 

*

 

En segundo lugar, fundamentalmente, el Arlequín es ambiguo por su condición de personaje marginal, lo cual implica una potencia subversiva. “Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder” dice Bob Dylan en “Like a rolling stone”. Y dice bien: “nada que perder” incluye que ya se ha perdido hasta el miedo, y con la pérdida del miedo se potencia la capacidad de crítica, de resistencia, de contestación, de negatividad. Ya no se puede bajar más, ya no hay manera de estar peor. Solo queda el ascenso. Y el ascenso desde los infiernos hacia una posible salvación solo puede darse por el camino de la lucha contra quienes detentan la autoridad, porque es ese régimen autoritario el que determina que algunos estén abajo y otros arriba. El Arlequín, entonces, se hace de poder justamente porque carece del poder. Al haber perdido todo, no puede sino ganar. Queda revestido por un aura de intocabilidad. Eso es lo que siempre ha permitido que el bufón (personaje que, sin demasiada trampa, podemos asociar al mundo arlequinesco) sea el único que puede burlarse del rey sin sufrir ninguna reprimenda. (Bufón, según el diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, es la “inversión del rey”). Lo ambiguo del Arlequín, entonces, radica en que está arriba justamente porque está abajo.

 

*

(En Punta del Este, ciudad de Maldonado, hay una heladería que se llama “Arlecchino”. Rara vez, porque en general no había dinero, íbamos con mis hermanos y mi madre. No me animaba a elegir gustos raros, porque si me parecían feos iba a lamentar mucho el hecho de haber desaprovechado una de esas escasísimas veces en las que podíamos tomar un helado afuera; era casi como si se tratara de un milagro, y uno no se puede dar el lujo de arruinar un milagro. Mi madre nos hacía abrir las piernas exageradamente, para que las gotas que iban cayendo por el cucurucho no nos mancharan los pantalones).

 

*

​     –¡Anímate un poco! –exclamaba mi tía–. ¡Mira los arlequines!

     –¿Qué arlequines? ¿Dónde están?

     –Oh, en todas partes. A tu alrededor. Los árboles son arlequines. Las palabras son arlequines, como las situaciones y las sumas.

      Junta dos cosas (bromas, imágenes) y tendrás un triple arlequín. ¡Vamos! ¡Juega! ¡Inventa el mundo! ¡Inventa la realidad!

     (Vladimir Nabokov. “¡Mira los arlequines!”).

 

*

¿Será como dijo la presunta tía, la ficticia tía de Nabokov? ¿“Junta dos cosas y tendrás un triple arlequín”? ¿Cada cosa sería en sí misma un arlequín y el vínculo que las une configuraría ese tercer arlequín? ¿Cada entrada de este libro es, entonces, un “triple arlequín”?

 

*

Pero, quizás, lo más provechoso del parlamento de la tía de Nabokov es aquello de que arlequín sería una invitación a “jugar”, una potencia para “inventar” el mundo y la realidad. ¿Qué podemos decir, en un primer acercamiento a esta indagación, sobre lo que implica arlequinear el mundo, arlequinear la realidad? (permitámonos el neologismo). Por lo pronto, es la posibilidad de inventar el vínculo entre cualquier elemento y cualquier otro de entre las cosas que hay en el Ente. Un vínculo siempre igualador, porque en ese enlace de equivalencia, todo pierde su arriba y su abajo, su adentro y su afuera, su derecha y su izquierda. Inventar la igualdad del vínculo es imposibilitar la distancia de la jerarquía.

 

*

(Si el helado, a pesar del esfuerzo por evitarlo, terminaba por manchar el pantalón, las miradas que nos echaba mamá eran siempre ambiguas, siempre arlequines. Esos dos ojos negros y firmes se clavaban en nosotros: había miedo y ganas de reír; había ira y compasión; había reto y perdón; había memoria y olvido. En mamá todas las actitudes, todos los sentimientos, eran iguales, desjerarquizados: el enojo y la felicitación, el sopapo y la caricia, la amenaza y el premio: todo era por amor, todo era por tu bien, todo para que lo agradezcas más adelante).

 

*

Pensaba que había cruzado la frontera cuando un soldado del Ejército Rojo, de rasgos mogoles y cabeza descubierta, que recogía arándanos junto al camino, me espetó mientras tomaba su gorra depositada sobre un tronco: “Adónde vas rodando (kotishsya), manzanita (yablochko)? Pokazyvay-ka dokumentiki (Muéstrame tus documentos)”.

Hurgué en mis bolsillos, encontré lo que necesitaba y le pegué un tiro en el instante mismo en que el soldado se arrojaba sobre mí. Cayó boca abajo, como fulminado por la insolación en la plaza de armas ante los pies de su rey. Ninguno de los troncos dispuestos en apretadas filas reparó en él y yo huí, aferrando el encantador y pequeño revólver de Dagmara. Sólo media hora después, cuando al fin llegué a otra parte de la selva en una república más o menos convencional, sólo entonces dejaron de temblarme las rodillas.

 

*

El encuentro que describe Nabokov está jerarquizado desde el inicio: un soldado que recoge arándanos mira a otro ser humano pero lo que ve es a una “manzanita rodando”, dispuesta para ser recogida como una fruta más de esas que van a parar a su canasto o al gran bolsillo de su capote. El disparo es el vínculo-arlequín-desjerarquizante. Convierte al soldado en un simple “fulminado de la plaza” y a la manzanita desamparada a la que se le pide que se identifique, que documente su identidad (como si a simple vista no fuera nadie), en “el rey” a cuyos pies cae el fulminado. Momento bufón: la inversión del bufón en rey, invención de la realidad, arlequinear la solución. ¡Bang!

 

*

La pieza es un mundo de libros y colores (Sig Ragga. “Arlequín”) ¿La biblioteca es un arlequín? En su apariencia más evidente, sí, porque las bibliotecas combinan un colorido muy semejante al traje del arlequín, hecho de retazos de telas varias. ¿Pero, y en algún otro sentido? ¿Los libros son cosas vinculadas de manera horizontal por efecto de una serie de anaqueles que los organizan? ¿Los vínculos entre un libro y otro son “triples arlequines”? ¿Todo discurso es un “triple arlequín”?

 

*

La Commedia dell’Arte nace ella misma como el encuentro desjerarquizado de lo bajo y lo alto. Reúne, bajo el signo de su constitución más originaria, la comedia culta y letrada, fuera latina o griega, y el balbuceo oral de charlatanes de feria y saltimbanquis de circos ambulantes. Una acrobacia y un verso de Plauto. La gran tradición religiosa medieval y los harapos carnavalescos que fungen de ropajes para los actores, sobre todo para los zanni (criados). Es lo ambiguo en su máxima expresión.

 

*

Canovaccio: a la vez, texto e improvisación. Guion ambiguo.

 

*

PANTALEÓN (Por Trufaldino): ¿Qué pensáis de todo esto? ¿Es un pillo o un loco?

DOCTOR: No sé qué decir; parecería tener un poco de lo uno y un poco de lo otro.

(Carlo Goldoni. “Arlequín, servidor de dos patrones”).

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Revista "Barro", Uruguay

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