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El hijo de Aganipe

Por Santiago Said

     Soy diferente a los demás, eso es lo que dice mi madre. La verdad es que no es difícil notarlo. Ella solía decírmelo cuando yo la cuestionaba acerca de mi apariencia. Sin embargo, lo supe desde que mi tío Pausanias llevó por primera vez un espejo a nuestra casa. 

     Antes de eso, mi madre solía explicarme por qué mi apariencia era tan difícil de relacionar con la suya o con la de mi tío. Ella, dulcemente, me lo hacía saber: «Dios, nuestro Señor, no te hizo como a los demás, sino mejor, sin pecado, sin forma definida, como el agua». 

     Mi madre Aganipe no podía mover las piernas; ella se trasladaba de un lado a otro a través de una silla de ruedas o, a veces, mediante los brazos de mi tío. Podría decir que puedo relacionar a mi madre únicamente con dos objetos que son, precisamente, su silla de ruedas y una cama. Y así como a ella la relaciono con estos enseres, ella seguramente me relaciona con el agua. Ella cuida que mi piel se mantenga todo el tiempo hidratada y eso es debido a que se me suele resecar más rápido de lo normal. En nuestra casa contamos con una tina de baño en donde mi madre me refresca todas las mañanas, así como un estanque en el cual me sumerjo durante las tardes. El estar húmedo me permite moverme con facilidad, así como también enroscarme en lugares que considero oportunos. 

     Los cuidados de mi madre estaban unidos a mis dones. Ella no podía mover las piernas, pero yo podía deslizarme a cualquier rincón de la casa y hacerme caber hasta en el sitio más estrecho e insospechado. Y aunque conozco la casa de mi madre a la perfección, no sé lo que exista más allá de estos muros. Sé que el mundo es más grande de lo que cualquiera imagina, sé que existen muchas más personas como mi madre y mi tío Pausanias; el problema es que, como me lo advirtió mi madre, esa gente no es capaz de aceptar que yo también soy como ellos, quizá no en cuestión de las apariencias, sino en cuanto al espíritu. Y es que, como ella solía decir: «todos somos diferentes, y eso nos hace únicos».

     Nunca había visto mi reflejo con tanta claridad hasta que mi tío trajo a la casa el espejo. Dijo que lo compró para rasurarse. Antes de eso, yo había entrevisto mi apariencia a través del agua del estanque en donde nadaba durante las tardes. Incluso llegué a mirarme en los cristales de las ventanas cuando el sol se ocultaba. Recuerdo que le preguntaba a mi madre por qué sobre la superficie del agua su delicado rostro contrastaba tanto con el mío. Ella, siempre amorosa y elocuente, me decía que el agua solía distorsionar las formas puras de los objetos. Sin embargo, cuando mi tío llevó el espejo a la casa y lo colocó en el baño, me vi por primera vez. Mi reacción inmediata fue el desconocimiento. Me asusté terriblemente. No supe qué era lo que estaba al otro lado de ese artilugio. Grité de horror, quizá incluso de asombro. Mi tío apareció; luego, desde la otra habitación, mi madre pidió a mi tío que la llevara hasta donde yo me encontraba. Cuando apareció le dije: 

     – ¡Vi mi reflejo, madre! ¡No me reconozco! 

     – ¿Qué quieres decir, hijo mío? –me preguntó con angustia.

     – No parezco una persona, madre. Ni siquiera me parezco a lo que eres tú o mi tío Pausanias –le recriminé, puesto que, a pesar de que a los únicos individuos que conocía eran ella y a su hermano, no ignoraba la apariencia de los demás, ya que en casa contábamos con una televisión y una biblioteca. En éstas aprendí a leer y a comprender la anatomía humana y el significado de las formas. 

     – Tú no fuiste hecho para parecerte a nadie, hijo –respondió sabiamente mi madre. – El espejo no sabe lo que tú eres por dentro. 

     – Pero tenía mi forma.

     – Tú no necesitas forma. 

     – Pero si los demás me vieran…

     – Por eso no deben verte –sentenció mi madre.

     No diré lo que vi. Sin embargo, no hay en mi mente, o en las situaciones e imágenes que he visto en mi vida, una efigie tan repulsiva como la que descubrí en aquel cristal. Mi tío, tiempo después, lo cubrió con una tela negra y, posteriormente, lo desapareció de la casa, pero el recuerdo de aquella revelación jamás abandonó mi memoria.  

Mis más tiernos recuerdos se relacionan con mi lengua. Este órgano era de los pocos que logré contemplar, utilizar y asociar conmigo. Era más larga que la de mi madre o la de mi tío, y con ella podía alcanzar objetos, además de alimentarme. Y, sin embargo, es inútil discutir hasta qué punto esta cualidad mía resultaba extraña para mi familia. En absoluto. Mi madre estaba convencida de que era un don de la naturaleza.

     En esa casa me crie, dentro de sus sólidos muros de hormigón y teja. Al deslizarme, nunca caminar, a través de los pisos de madera y, luego, dirigirme al jardín, donde me protegía de los rayos del sol bajo los naranjos que mi tío había plantado muchos años atrás, definí mi carácter y mis costumbres. Allí pasaba las tardes. Mi tío trabajaba en una fábrica y era quien traía comida y todo lo que necesitábamos del exterior. Él era tosco y malhumorado. Mi madre, por el contrario, amorosa y apacible. Ella solía colocarme un plato con hierbas y azúcar en el césped, bajo la sombra de los naranjos, mientras me refrescaba la piel con agua que mantenía dentro de un pocillo. Ella empujaba su silla chirriante cerca de mí, siempre atenta a que las aves se mantuviesen alejadas y no pudieran lastimarme. Sobre sus piernas inertes solía descansar un viejo gato al que llamó Migajas, el cual nunca se me acercaba. Aquel animal nunca sintió simpatía por mí, sino asco y horror.

     Ser observado por aquellos ojos pequeños, oscuros y saltones que no eran míos; devorado por esa boca cavernosa y profunda que no era mía; acosado por un cuerpo viscoso y arrugado que no era mío, cuya fosa nasal era una abertura membranosa en la espalda; secuestrado por una epidermis estriada y húmeda que no era mía, pero que era tan semejante, fueron algunas de las más irrisorias pesadillas que soñaba tiempo después de haber contemplado mi imagen en el espejo que mi tío llevó a nuestra casa. Desde entonces me obsesioné con mi reflejo. Todo el tiempo miraba las gotas relucientes del jardín, el líquido de las tazas, la superficie del estanque al nadar, la humeante y olorosa sopa de la cocina y las pupilas brillantes de mi madre al mirarme. 

     Nunca habíamos tenido un invitado. Todo lo que conocía del exterior venía a través de lo ya existente dentro de la casa. Y, aunque en nuestro hogar nunca se hablaba de nadie en concreto, sí había un tema de conversación familiar. Y, cuando por fin un invitado ingresó, una noche lluviosa y mortalmente fría, aquella en la que mi madre se esmeró en cocinar un espléndido banquete y mi tío en adornar la sala, yo descubrí que esa noche sería la de mi bautismo. 

     El viejo sacerdote me observó, no como a un objeto destinado para analizar o estudiar, sino para contemplar. No gruñó, como lo hacía el gato de mi madre al verme; sin embargo, se persignó y dijo: «También esto es una creatura del Señor.» Y esa lúgubre mirada que se posó sobre mí me hizo saber que yo también formaba parte del mundo, de una creación divina y desconocida. Ninguna deducción hubo sobre mi origen esa noche, ni tampoco se habló sobre mis hábitos o pasiones. El piadoso hombre sólo habló de la absolución de mis pecados y que, a pesar de no haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, mi cuerpo contenía un alma que necesitaba ser purificada con el bautismo. 

     De su túnica sacó una caja pequeña, cuyo contenido untó en su pulgar y, con miedo, lo aproximó a mi frente. Mientras hacía la señal de la cruz, sentí como si mi piel se quemara por dentro. Inclinó mi cabeza dentro de la pila bautismal y la humedeció con el agua bendita. A partir de esa noche pasé a llamarme Ángel, nombre que eligió mi madre tiempo atrás. 

Mi tío trabajaba en la fábrica. Ésta se encontraba lejos del hogar. Su jornada era larga. Mi madre solía leer en voz alta para que yo conociera lo que había más allá de esta vieja casa. Con voz dulce me decía que no me acercara mucho a la reja, que no era bueno. 

El golpe de una taza de porcelana sobre el piso me hizo levantar la mirada para después dejarme inmóvil y aterrorizado. Mi madre escupía sangre y sus ojos permanecían en blanco, como si estuviera desprovista de vida. Una sensación helada se apoderó de mi cuerpo y mis pensamientos se mantuvieron oprimidos por la angustia, sensación que hasta entonces jamás había sentido, pero que ese día había sido generada por esta repentina y ruin calamidad. 

     Mi primer pensamiento fue buscar a mi tío o al sacerdote para que le dieran auxilio a mi madre. Para ello tendría que arrastrarme y salir hasta la calle. Lo cierto es que nunca he sido diestro en esos entendimientos y, en mi pobre y limitado razonamiento, creí que el mundo era mucho más reducido de lo que en verdad es. Sumado al hecho de que soy más lento y torpe de lo que pudiera ser cualquiera, gracias a mi anómala complexión, gasté bastante tiempo en trasladarme de la sala al jardín, y luego escalar la reja. 

     Mi cuerpo se laceró al moverse tan frenéticamente sobre el piso y bajo la luz de un intenso día de verano. Mi piel ardía y estaba perdiendo su humedad natural. A pesar de ello, mi deseo era pedir ayuda a quien primero me encontrase. No presté atención a las formas del mundo ni a los objetos distantes y desconocidos. 

     En los intervalos que utilicé para recuperar mis fuerzas escuché desde la lejanía el ladrar de perros. Estos se intensificaban cada vez más hasta provocar la curiosidad de los habitantes. Paulatinamente brotaron, de uno y otro lado, personas cuyas miradas horrorizadas se dirigían hacia mí con asco y repugnancia.

     — ¿Qué es ese engendro? —preguntó una vieja mujer a la multitud que se iba formando a mi alrededor.

     —Es una criatura asquerosa —mencionó alguien más. 

     — ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! —gritó otro de ellos.

Los gritos, el llamado a mi muerte y los ladridos de los perros se mezclaron en un solo bullicio amorfo y salvaje. La gente salió de las casas de los alrededores armada con piedras y palos. No querían tocarme con las manos. La lluvia de rocas y golpes se me vinieron encima, como si quisieran enterrarme con la fuerza de su aversión.  

     Mi cuerpo se ablandó hasta abrirse y mostrar un interior que nunca nadie más había descubierto. Mis músculos se deshicieron, mis tejidos se desgarraron y mis órganos explotaron desde adentro. Cuando mi piel se desgarró, la multitud quedó bañada por los múltiples chisguetes de sangre y membranas violáceas del que mi ser estaba compuesto. Fue un festín del que quedaron totalmente satisfechos hasta desaparecerme.

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Revista "Barro", Uruguay

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