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Capítulo II

Diablitos de diciembre

Y de como nuestro hombre procura obtener empleo, de la odisea por obtener la ciudadanía y las diversas situaciones que en el trayecto ocurriéronle, de una turba amenzante y múltiples percances que dejáronlo perplejo y dubitativo.

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Aquí me ven, queridos amigos. No tuve mejor opción que ponerme a vender revistitas como un auténtico "tobillito", como le dicen acá, que es en esencia, un pregonero. Esta cultura adonde vine a parar tiene un afán interesante por colocar partes del cuerpo con diminutivos en sentencias breves que nada tienen que ver con la fisonomía humana; otro caso es el del saludo que me extiende el amiguito de la facultad, cuyo nombre siempre fallo en retener: "¿Cómo andas, manito?".
En fin, sabrán que esta fue la mejor oportunidad pecuniaria que pude obtener, cuando os cuente que fue lo que sucedió con su queridísimo Lord Petit Mâitre que lo llevara la decadencia total de tener que trabajar. Si supieran mi padre inglés y mi madre francesa, todos mis antepasados, adónde ha ido a parar su querido Lordcito, abandonado a su suerte en una metrópolis llena de mugre y ladrones; viviendo con el pibe de la facultad y su abuela en un horrible sucucho, cenando arroz blanco con sachets de McDonald's. Estoy tratando de subsistir como sea y este siglo no perdona; tuve que salir a buscar trabajo porque así me lo encomendó como misión la abuela de mi amiguito, para no tener que desterrarme de sus dominios o peor, mandar a que me decapiten unos dominicanos tan astutos y entrometidos como esa vieja.

Lo primero que sucedió cuando supe que debía ejercer trabajo físico a cambio de un salario fue sentirme mal, con migrañas, naúseas y diarrea. Nunca había tenido que caer tan bajo. Entonces solicité atención médica ante la idea de un experto que supiera mejor que yo qué me pasaba.
—Por lo que veo últimamente todo se soluciona de manera muy práctica y eficaz— le dije al médico en la consulta. Por eso mismo, acudo a usted. Quizá usted pueda proporcionarme algún medio que me salve de esta terrible realidad.
El médico leía mi informe con gesto dubitativo.
—Pero usted aquí escribió "depreciación", no "depresión". 
—¿Y no es lo mismo?
—¡Pero cómo! Claro que no, un mal es económico, monetario, ¡el otro psicológico o emocional!
—Ah, ¡y cree que una cosa vive separada de la otra! ¡Sí, estoy hundido en una profunda depreciación! Y todo porque al parecer en esta comarca mis conocimientos y habilidades están devaluadas! ¿Cree que no lo padezco? ¡Tengo que salir a trabajar, entiende! Míreme, considere mi caso, se lo ruego. Sufro graves traumas de depreciación, ¡auxílieme!

Pero aquella estrategia de autoconmiseración no funcionó, más allá de que escribí mal mi enfermedad porque todavía no manejo del todo bien el dialecto de estos mandriles sudamericanos. El doctor me halló muy saludable para alguna medicina y el muy imbécil me mandó a trabajar.

Así que fui a una entrevista de trabajo que vi en un periódico de esos que el pibe vendía en su quiosquito. Él me preguntó si yo sabía algo de ese puesto, ya que era para "subgerente en ventas." 
—No hay nada que Lord Petit Maître no sepa hacer.
Y allá fui. El pibe me imprimió un curriculum suyo para que al menos tuviera lugares de referencia, me dio una tarjeta para viajar y un mapa con indicaciones. Yo le dije que no era necesario tanta información, pero en el viaje, aburrido, se me dio por ojear todo.
Fue lo que me distrajo e hizo que me bajara de aquel carruaje popular en un lugar que no era el que el pibe me había descrito.
Entonces me giré y le quise preguntar al chofer, pero el insubordinado se rió y arrancó, dejándome con la palabra en la boca.
—Oiga, ¡me las va a pagar, plebeyo! le grité, pero un tipo que se había bajado conmigo me escuchó.
—No le grite eso a la gente de Cutcsa, ¿no sabe que son una mafia?
—¿Qué es Cu...?
—Venga, mire, hágame caso; si quiere llegar a ese lugar que dice, vaya por Aquiles Lanza o por Carlos Quijano.
—¿Y cuáles son esas calles, caballero?
—Estas de acá.
—Pero esta dice Andes, estimado.
—¡Ah! ¡Me había olvidado!
—¿De qué?
—Que de 18 de julio para allá cambian de nombre.
—Ah, ¿cambian después de cruzar esta calle? ¡Pero que enredo más diverso! ¿Y a quién se le ocurrió tan brillante idea, caballero? Si se me permite preguntar.
—Vaya a saber amigo, algún tipo al pedo allá en el parlamento.
—Ah, ¡de eso sí sé! ¿No sabe si ofrecen trabajo esos buenos hombres?
—¿Cómo dice?
—¡No! ¡Que no entiendo esto de los nombres!
—Bueno, ¿y yo que tengo que ver? ¡Váyase al cuerno!
—¿Y como llego allá?
—¡Que se vaya a la mierda!
—Ah, veo que esa calle tiene dos nombres también.
En fin, resultó que aquel sí me estaba ayudando porque una hora más tarde de la convenida me encontré sentado (bastante mareado) en un largo y blanco pasillo, junto a dos personas más. Uno era un robusto muchacho de lentes de aumento que no podía estarse quieto ni parar de ojear el aparatito en su bolsillo. El otro era igual pero flaco, ambos de vestiduras impropias me miraban raro cuando me daba un rapecito o acariciaba la cabeza de oro de mi bastón.
Cuando me llamaron y entré, encontré un tipo parecido a los que estaban sentados afuera sólo que más joven aún.
Me saludó, me hizo sentar y me preguntó si poseía alguna discapacidad.
—¿Por qué lo pregunta? Claro que no poseo ninguna discapacidad.
—Por el bastón, señor.
—Uf, es que acaso no tienen conciencia de clase en esta comarca...
—¿Cómo dice? 
—Mejor empecemos, porque tengo asuntos pendientes que atender pronto y no puedo darme lujo de gastar mi tiempo, mucho menos aquí.
—Muy bien. Empecemos por su formación académica. ¿Dónde cursó?
—Hice el internado en Alsacia, antes de la guerra. Luego la educación fue en mi casa, bajo institutrices privadas.
—¿Alsacia? No conozco ese instituto. ¿Tiene la fórmula 69?
—Ni esa ni las restantes 68. Lo cierto es que no hay fórmula mágica, caballero. Lo mío es puro talento. Puedo hablarle de literatura, pintura, filosofía, filología, biología, música, escultura...¿le parece poco?
—Me parece bien, pero antes necesito algún certificado suyo que avale sus estudios en nuestro país. ¿Tiene estudios aquí?
Entonces intenté recordar el curriculum del pibe.
—Estudié un tiempo en un instituto en L.A.
—Cómo? En Los Ángeles, California? Vaya, amigo. Eso es admirable.
—No, no, en Luis Alberto, Luis Alberto de Herrera, hay un BIOS ahí.
—Ah.
—Sí.
—¿Qué cursó allí?
—Creo que diseño.
—¿Qué diseño?
—Trágico.
—¿Gráfico?
—Sí, ese.
—Bien.
—¿Experiencia laboral?
—Nula.
—¿Cómo?
—No se estilaba trabajar en mis tiempos, caballero. El pobre trabajaba por nosotros. ¿O no sabe lo que es la aristocracia? Somos los que pensamos, los que planeamos, los que damos las órdenes, los ejecutantes son los soldados y el pueblo, nosotros estamos hechos para gobernar porque sabemos dirigir con propiedad y discernimiento, ¿entiende?
—Entiendo perfectamente. Este es un puesto para subgerencia, habría pocas cosas que usted debiera ejecutar personalmente, el resto es dirigir, como usted dice. Tendría unas 40 personas a su cargo...
—¡Perfecto! La corte del rey fueron algunas más. ¿Cuándo puedo empezar?
—Es que si no tiene experiencia laboral comprobable...
—¿Cómo se atreve, insolente? ¡No le digo que supe dirigir, incluso planificar hasta guerras!
—Vaya, eso sería de mucha ayuda. La competencia es feroz. ¿Mató a alguien alguna vez?
—No, no. Yo me limitaba a mandar matar. Nunca tuve la necesidad de ensuciar mis manos, ¿se imagina mis mangas como se verían?

—Bien, ahora le pediré que haga un dibujo. Cualquier cosa que se le ocurra.

—Ah, pero caballero, el arte pictórico es una de mis destrezas. ¿Quiere un retrato al óleo?

—No, no. Tome este bolígrafo y dibuje una escena.

Así que dejándome llevar por cualquier idea tonta que me vino a la cabeza me dibujé a mí mismo durmiendo, por las inconmensurables ganas que tenía de estar durmiendo la siesta, en lugar de estar allí.

—Ese es usted durmiendo, ¿no?

—Exacto, caballero.

—¿Y en que está pensando, exactamente?

—En nada, querido anfitrión. Estoy durmiendo simplemente.

—Pero en algo debe estar pensando...o soñando.

Ante la insistencia del interlocutor, dije cualquier cosa con tal de responderle.

—Estoy soñando con una ensalada. Una rica y abundante ensalada, con tomate, lechuga, albahaca...

—Así que un sueño con una ensalada...curioso. Anotaba en su libretita frenéticamente.

—¿Es usted freudiano?

—¡Fraudiano, querrá decir! ¡Porque ese tipo fue un fraude!

—Bien. ¿Y ascético?

—No, no. No puedo ser acético cuando detesto el aceto balsámico o el vinagre en la ensalada, soy más bien acéitico, preferentemente el de Oliva.
—Bueno, creo que eso es todo. Déjeme su currículum y lo llamaremos en caso de que sea seleccionado. Ah, y otra cosa. ¿Trajo su documento?
—¿Cómo?— el pibe nunca había mencionado eso.
—Sí. Cédula. Documento que refrende su identidad.
—Pero, ¡¿cómo se atreve?! ¡Yo soy un Lord por parte de padre y noble por parte de madre! ¡Soy Gerard Rodolphe Petit Mâitre! Si tanto duda de mi identidad, aquí tengo mis credenciales.

Y desenrollé sobre la mesa todos los pergaminos que siempre llevaba conmigo, sellados y firmados, prueba de mi linaje francés y del escudo de mi familia de herencia inglesa. 
El caso fue que fui convocado a un segundo encuentro dónde se realizarían pruebas de amaestramiento del florete boligráfico, estrategias de sometimiento psicológico al coworking y compañerismo desleal con énfasis en el rebranding (estos últimos conceptos me los delineó el pibe). Pero resultó que mi candidatura fue desestimada por no contar con ese maldito documento de identidad. 

Así que al otro día, emprendimos la partida hacia la tierra lejana del Registro Civil, dónde debería encontrar mi sosías hecho papel. Pero al ver que tenía que subirme de nuevo a esos horribles carruajes colectivos, ruidosos y malolientes, me negué a hacerlo.

—¡Ningún aristócrata debe compartir espacio con rufianes cuando se compromete en tal importante empresa! ¿No habrá algún carruaje más personal, estimadísimo amigo, que nos lleve hasta allí de forma económica y eficaz?

—Los taxis y ubers son más caros.

Así que terminamos trasladándonos a pie.

—Esta tierra y esta gente son un infierno— decía yo, caminando bajo el sol de diciembre, porque el pibe se había negado a llevar el parasol.

—Ya te acostumbrarás.

—Ojalá nunca lo haga. Y ojalá nunca te falte a ti un criado con parasol, mocoso desagradecido.

—Nunca tuve uno.

—Por eso mismo eres un desagradecido.

En ese momento veníamos caminando por un parque dónde vi unicamente dos personas sentadas muy cómodamente en un asiento bajo el calor abrasivo.

—¿Y esos inenarrables caballeros quienes son? ¡Cómo soportan exánimes el sopor!
—Exacto, exánimes porque son estatuas. Son Einstein y Vaz Ferreira.
—Pero a ese le falta un brazo, está más cerca de ser la Venus de Milo que ese que dijo usted.
—¡No diga eso! Fue un físico judeo-alemán muy afamado.
—Ajá. Un tipo muy respetable, intuyo.
—¡Sumamente!
—Ajá. Y si fue tan respetado, ¿por qué lo vienen desmembrando?
—¡Porque en el país de los llorones nadie respeta nada y nadie se hace cargo! ¡Cada vez está peor la seguridad! Y sucede también que el bronce se cotiza muy bien para pasteros y linyeras...
—¿Ah, sí? ¿Son esos oficios de esta modernidad?
—Podría decirse...ha de ser buen dinero que dan por él, porque hasta pierden extremidades robando cables con tal de obtenerlo. Había uno en mi barrio que le decían “el manco”, porque se le quemó un brazo cuando...oiga, ¡¡¿pero que está haciendo?!!
Lord Petit Maître estaba tironeando del otro brazo del pobre físico detenido en bronce, a ver si se dignaba a dejarlo ir.
—¡Un brazo por tantos otros, badulaque! ¡Bellaco! ¿Y el sombrero?! ¡Seguro que no lo precisa!

*           *           *

Seguimos caminando bajo el sol insalubre de diciembre cuando pasamos frente a una casa rodeada por una turba. Ante ellos había unas personas tratando de aplacarlos a los que vi bien ataviados y consideré que podían ser integrantes del gobierno o comerciantes. Y dado mi afán completamente desinteresado de servir al estado ante cualquier circunstancia, empecé a parlamentar con ellos con la intención de pedirles trabajo, cuando un tipo me tiró un cartel encima que decía "NO A LA GENTRIFICACIÓN". 

—¡¿Sabe lo que es eso, amigo?!— me escupió.
—¿Qué se piensa? ¿Que no leo, amigo? Estoy muy al tanto de lo que es la gentrificación, estolón, gazñápido, ¿a quién cree que se dirige? Ah, mi bella media patria, arrasada por el Barón de Haussmann, ¿piensa que olvido eso? ¿Piensa que no me sentí exiliado en mi propia tierra al ver como me iban robando el paisaje urbano, las construcciones clásicas, eclécticas...¡que arquitectura! Por cierto, ¿quién es el arquitecto del edificio que estaban por confeccionar aquí en lugar de esa residencia? 
—Creo que es francés, ¡pero qué importa!
—Ah, importa y muchísimo, caballero. Mejor entonces dejadle realizar su labor y luego venid a cerciorarse. Seguro esa casa vieja puede mejorar muchísimo! ¡Un toque artístico del fletacho galo hará maravillas!
—¡Pero qué está diciendo, es una construcción patrimonial! 
—¡Roedor de mármoles de la patria!
—¡Usurero!

El pibe me agarró del hombro y tuvimos que correr para escapar de ellos. Una hora después llegamos ante el bendito edificio del Registro Civil, cuyas puertas se encontraban cerradas. Comencé a aporrear la puerta debido al calor, la usurpación de todos mis derechos nobiliarios y la poca parte de mi cuerpo que permanecía aún sin sudoración; la punta de una oreja, cuando un hombre gordo abrió y se paró ante mí sin ningún escrúpulo ni vergüenza. Uno de sus ojos no estaba derecho.

—¡Exijo saber su nombre y función en este ente ahora mismo!

—Ruben soy. — y después— estamos de paro, amigo.

—¿Como? ¿Paro?

—Sí, en huelga— susurró el pibe al lado mío.

—Ah, ¡huelga! Pero usted no entiende, vea, soy un noble habitante de otras tierras que ha venido a dar aquí y necesito urgentemente una solución a mi problema identitario en esta comarca, vea, para el estado no soy nadie, inexistente, puro polvo o aire o llámele como quiera al objeto del que usted ni recuerdos tiene porque, para empezar, desconoce su mera existencia, ¿entiende? Y si no sé quién soy, menos voy a conseguir trabajo, porque lamentablemente este poblado vive en una democracia. Si fuera monarquía...

—¿Cómo dice?

—Digo, yo podría ser un excelente corresponsal de gobierno, pero mi amiguito aquí me dice que hay que esperar cinco años más.

—Mire, el paro se levanta mañana, si es que las negociaciones llegan a buen puerto, así que hasta entonces.

—Pero falta mucho para eso, amigo.

—Bueno, lo lamento por usted. Y agradezca que le atendí.

—¡Exijo ver ahora mismo al responsable de más alto rango en este organismo que usted está representando ante mí, deseo parlamentar!

—El director no vino hoy. Y me cerró la puerta en la cara.

 

Así que ya me ves, querido lector, mientras no soy nadie para el estado, sigo repartiendo revistitas con mi amiguito en su quiosco. No he salido tan mal parado del asunto, ya que me me propuso repartir el superávit de las ventas de esta revista con él a mitades exactas, así que tu colaboración, estimado lector, es más que necesaria para que yo perviva. Mientras ya me encuentro escribiendo mis diablitos para ti, querido lector. Al menos ahora tengo algún dinerillo para invitar alguna dama a pasear por el lago del Parque Rodó o tomar mi merienda en Cala Di Volpe. Así que compre, suscríbase, ¡participe de grandes sorteos! Compre que de algo hay que vivir y de algo hay que morir decía mi abuelo, Sir Jhonathan Jacquespeare.

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