Volví al huerto de mi abuela
Joaquín Andrade Irisity

Volví a hacer huerto,
no porque faltaran
tomates, sino porque me
faltaba la tierra.
Necesitaba hundir las
manos en ese barro
antiguo
que siempre sabe mi
nombre, trazar los surcos
con paciencia como quien
vuelve a escribir una parte
olvidada de sí mismo.
Hay algo en la tierra
que ninguna prisa
comprende. Un silencio
que germina, una
esperanza diminuta,
escondida en cada semilla.
Y mientras el sol se inclina
sobre el borde de la tarde,
me quedo mirando el
cielo con el mismo
desvelo
con que se espera un
brote, una lluvia
o el milagro sencillo.
Volví a encontrarme.
A recordar que la vida
no siempre florece en las
ciudades, que existen
respuestas
escritas en la humedad de la
tierra, en el canto de los
pájaros,
en el perfume de una
planta recién nacida.
Porque en este huerto
todavía quedan sus
manos. No las que ahora
puedo tocar, sino
aquellas que dejaron
la memoria en la tierra.
Quedó su manera de sembrar,
su paciencia frente a las
estaciones, esa forma de entender
que cada cosa tiene su
tiempo. A veces creo
recordarla
entre las hojas,
como si el viento trajera
su cálida voz de la tarde,
esa voz que la memoria
se niega a perder
