Rulete IV: De avispas y archivos PDF
Panicidio

Rulete, Fermín y el general Augusto Roacután interrogaron durante cuatro horas y doscientos cuarenta minutos a la avispa infiltrada del Rey Caspa.
Rulete gesticuló al general y el general gesticuló a uno de sus soldados para que esculque entre las extrañas cacharpas.
– ¿Qué es esto? – preguntó Fermín señalando una cajita plana de plástico cuadrado.
– Es un disco de Gene McDaniels – respondió la avispa – a veces necesito cierto ímpetu espiritual para tratar con gente como ustedes.
– ¡Qué lo revisen! Seguro contiene material sensible. ¿Qué es esto otro?
– Parece la cabeza de una persona. – respondió el general Roacután.
– Bueno, puede ser razonable… – murmuró Rulete.
– Sí, antes se llevaba mucho tener cabezas en el bolso. – aportó Fermín – Una costumbre perdida he de decir. En mi adolescencia llevaba la cabeza de mi primo en la riñonera, una vez se me manchó el uniforme liceal. ¡Qué tiempos! Por desgracia cuando empecé a salir con una sirena del Lycée Français me hizo abandonar el hábito. Ya vio como es el pueblo sirenio de hipócrita, collares de globos oculares sí, cabezas recién guillotinadas no.
– Bueno, bueno, ¿qué más? ¿Y esto otro?
– Un espéculo ginecológico.
– ¡Qué cosa tan bárbara y sanguinaria! Retiralo de mi vista, eso sí que es intolerable. – exclamó Rulete.
El resto de las pertenencias no levantaba mayor sospecha aunque sí cierta curiosidad: un mazo de tarot gaucho, un bollón de tornillos número 0,6, un multímetro roto, un blister de Bupropión, un ejemplar de revista Barro, un paquete de Pampers premium care, una caja vacía de jabón Dove y tres kilos de sal gruesa, esta última sin marca.
– Dígame una cosa. – intervino Rulete – ¿Usted no hace miel?
La avispa arrugó el rostro con indignación.
– Ese comentario es sumamente racista.
La indagada presentó firme resistencia al delato de sus intenciones individuales y las intenciones mayores de su Rey. Se la sometió a diferentes y diversas torturas. Rulete había memorizado la Guía militar de tortura efectiva volumen III octagésima edición, ahora con ilustraciones y prólogo de Pinochet, y exigió a sus inferiores aplicar los procedimientos indicados entre la página setenta y dos y la noventa y nueve.
Nada hacía que la avispa abandonara su hermetismo y Rulete sintió una punzada que mezclaba admiración y envidia. ¿Replicarían sus propios súbditos la fidelidad que demostraba esta tozuda hymenoptera? Lo que no se saca por la fuerza ni por el soborno, ¿a punta de qué había de sacarse?
– Avispa, arrepiéntete de tus intenciones iniciales. Tu inteligencia y lealtad son de admirar, junto a mí quedan garantizados todos los laureles, todas las condecoraciones y todos los panales de saliente y poniente.
– ¡No me arrepiento de nada! Como dice Jorge Corona: ¡Vendrá la muerte y tendrá tus ojos! ¡Maldito seas, Faraón Rulete! ¡Viva el Rey Caspa!
Rulete enfureció. Después de tres arranques y cuatro desvaríos la mandó fusilar y dejó monedas en sus ojos, como había leído en un libro que se estilaba entre los antiguos.
Comenzaron los preparativos para levantar campamento. Fermín le informó que del Barrio de las Bulímicas debían embarcarse hacia Villa Cosmópolis con un parate obligado por Isla Pedofilia, sociedad bastante cerrada pero productiva, buenos en los negocios marítimos y el transporte de mercancías secretas y no secretas.
Rulete desconfió de que esa relativa independencia económica desembocara en algún tipo de rebelión o exigencia de autonomía.
– No se preocupe, los pedófilos nunca están en el poder. – le tranquilizó Fermín.
Rulete exigió la exhibición de los restos de la avispa a modo de advertencia con el fin de evitar potenciales traidores. En la carpa quedó cavilando en cuclillas frente a Fermín, al general Roacután y la modelo acompañante Panamá Papers.
Decidió partir dentro de dos noches. Encargó a Fermín la redacción de una arenga que llenara de brío a sus valientes soldados e ideó el llamado a un retratista para esparcir su imagen en alta fidelidad a su paso colonizador. Determinó que el mejor profesional para llevar a cabo el pedido sería el célebre pintor Casimiro Carbonetti, recién secuestrado y traído en paños menores de su hogar.
El retratista propuso varias poses: escudo, espada, armadura, partida de ajedrez y brazo en jarra. Fermín plagió un poema apócrifo de Mario Benedetti para no rendirse. Ninguna culpa le asistió pues siempre tuvo en mente el dicho popular que rezaba plagiador que plagia a plagiador tiene cien años de edición.
El faraón se encasquetó el yelmo y continuó su expansiva travesía. La incipiente falta de compasión del joven no le pasaba inadvertida a su flamenquísimo ayudante, que comprobó la madérica teoría de su propia cuña: Rulete era incapaz de amar.
El viaje hasta dar con Isla Pedofilia llevó dos días y dos noches. Los incontinentes pobladores los recibieron con banquetes y danzas escolares. En el barco quedaron todas las pistolas de agua y las primeras piedras a tirar.
Como primera promesa a su llegada, aseguró a los habitantes de la Isla dos toneladas de queso fresco y cuatro bebés aleatorios, a nacer a finales del corriente mes, provenientes del Barrio de las Bulímicas.
El primer mandatario de la Isla estrechó la mano de Rulete durante dos horas, tiempo que le tomó a Casimiro Carbonetti retratar el momento. Luego se le entregaron dos coronas de espigas y dos vinos recién salidos de la bodega Cecilia Fontana de Trevi. Verdaderos vinos para el buen bebher.
En la cena de bienvenida pidió Rulete que se descorcharan los vinos e hizo tomar los primeros tragos al general Roacután. El vigoroso militar no presentó cambio alguno y el faraón llevó la copa a sus labios.
Rulete comenzó a desvariar y poetizar baratamente. Fermín lo contuvo en sus brazos mientras el monarca declamaba con la mirada perdida:
Está tan triste y yo daría mi corazón,
las manos de Paganini, los versos de Catón.
Rompería los palos de Tiger Woods,
destruiría el museo de Babe Ruth.
Mataría, moriría, sería un Nerón.
Los diplomáticos de la Isla le brindaron un brebaje llamado Buscamina para controlar los estragosdel vino, que causaba ese tipo de efectos en los organismos más inexpertos.
Rulete se sintió mejor y se retiró a sus aposentos vistiendo una bella túnica de un material desconocido en su original Comarca Medialunal: la deyanira. Envuelto en la túnica de deyanira fue conducido a un enorme espacio lleno de comodidades y gloriosas suavidades.
– ¡Cómo viven los pedófilos! – exclamó con sorpresa.
– Mejor de lo que uno imagina – coincidió Fermín.
Rulete no pegó un ojo en toda la noche. Recurrentemente invadía el hilo de sus pensamientos la siguiente disyuntiva: ¿Ser malo o ser tonto?
Una voz que no pudo reconocer le respondió: ser poderoso.
Apenas amaneció, el faraón dio la orden de que arrasaran la ciudad y colgaran a los habitantes de todas las edades y de todas las especies. Antes de emprender el viaje nuevamente dejó dos docenas de hombres y mujeres en Isla Pedofilia para que se encargaran de las funciones administrativas y la repoblación. Fermín evitó señalar las falencias de la decisión puesto que el faraón no estaba de buenas y había descansado poco. La Isla fue rebautizada como Nueva Ruletia y sus habitantes como ruletios. Casimiro Carbonetti realizó dos bocetos y una acuarela y levaron anclas para continuar viaje.
