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Porvenir de la esperanza

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Orejano

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     Nadie en Puente Alto supo exactamente cuándo llegó Juan Estay Ipinza. Fue a comienzos del siglo, cuando la ciudad todavía olía a tierra sin dueño y los caminos de salida se perdían entre fundos y cerros secos. Llegó desde la ciudad de Los Andes como llegan los hombres sin nada: con las manos vacías y algo adentro que no tenía nombre claro. No era esperanza. Era más frío que eso. Más firme. El mundo le debía algo y él lo sabía, y tarde o temprano iba a cobrárselo.

     Consiguió trabajo como cochero en el fundo Porvenir de la Esperanza, a las afueras de la ciudad. Era un predio enorme, con casa patronal de dos pisos, viñas al poniente y una cantidad de animales que Juan aprendió de memoria en las primeras semanas porque los contó, uno por uno, como quien toma el inventario de lo que algún día quiere poseer. Los dueños eran un matrimonio joven y acaudalado cuyo apellido los vecinos pronunciaban con ese respeto involuntario que produce el dinero antiguo. Él era un hombre de salud frágil y modales correctos. Ella era Juanita Mardones.

     Juan Estay era amable. Escuchaba con una paciencia que los demás tomaban por bondad y que era otra cosa: la paciencia del que espera el momento exacto. Educado sin servilismo, inteligente sin ostentación. Los peones lo querían. El patrón confiaba en él. Juanita Mardones, que tenía la soledad particular de las mujeres casadas con hombres ausentes, aunque estuvieran presentes, fue encontrando en el cochero una atención que su marido no le daba.

     Entonces el patrón enfermó.

     La medicina de aquellos años no supo qué nombre ponerle al mal que fue consumiendo al dueño del Porvenir de la Esperanza. No era fiebre, no era infección, no era nada que los médicos de Santiago pudieran identificar cuando vinieron a verlo, primero uno, luego otro, luego un tercero que vino especialmente desde Argentina y cobró el doble que los anteriores para llegar a la misma conclusión: el hombre simplemente se apagaba. Como una vela en un cuarto sin viento. Los vecinos del fundo decían que había envejecido diez años en tres meses. Que sus ojos habían perdido algo. Que a veces, muy temprano en la mañana, se lo encontraba parado en el corredor mirando hacia la entrada del fundo con una expresión que no era miedo, pero se le parecía.

     Murió en otoño, sin hijos. Dejó a Juanita Mardones sola en esa casa enorme con sus sirvientes, sus animales, sus tierras y sus cuentas, que ella no sabía leer del todo. Y dejó, sin saberlo, el camino libre.

     Fue Juan Estay quien la ayudó con los papeles. Fue él quien habló con los administradores, quien medió con los arrendatarios, quien supo qué hacer cuando la acequia del poniente se desbordó y arruinó media hectárea de viña.

     Juanita Mardones, que era inteligente, pero estaba sola y asustada, fue encontrando en el cochero un apoyo que se parecía demasiado a lo necesario. Un día cayó en cuenta de que estaba enamorada. No fue una revelación. Fue más bien el reconocimiento de algo que ya llevaba un tiempo siendo verdad.

     Se casaron un año después de la muerte del patrón. Nueve meses más tarde, Juanita tuvo su primer hijo. Fue el único momento de los años que siguieron en que Juan Estay pareció genuinamente feliz, sin la satisfacción calculada del hombre que cumple un plan, sino con algo que venía de más adentro. Fue padre cinco veces. Amó a sus hijos.

     Lo demás llegó como siempre llega cuando un hombre tiene lo suficiente para querer más.

     Don Juan, que así empezaron a llamarlo, triplicó las hectáreas del fundo. Compró viñas, bodegas de vino y pisco, más animales, más tierras. Sus amigos dejaron de ser peones y cocheros y eran ahora políticos, empresarios, militares, hombres del gobierno que venían a cenar a la casa patronal y bebían su vino y le palmeaban el hombro. Todo se estaba dando como él lo había imaginado.

     Fue en esos días cuando el rumor empezó a correr entre los pobladores.

     Nadie supo quién lo vio primero, ni si alguien lo vio de verdad o si fue una de esas historias que nacen del miedo que produce el éxito repentino de los humildes. Lo cierto es que corrió con esa velocidad que tienen las verdades y las mentiras por igual: que una noche sin luna, Juan Estay había tomado el camino viejo que lleva a Casa Viejas, ese cruce de tierra pelada donde los perros no ladran y los caballos se niegan a pasar, y que ahí había encontrado algo.

     La gente no se ponía de acuerdo en el nombre. Algunos decían el Diablo. Otros, Satanás, el Maldito, el Cachudo. Los más viejos, los que habían venido del campo y traían con ellos el vocabulario del miedo campesino, no lo nombraban en absoluto: señalaban el suelo con el mentón y bajaban la voz. En lo que sí coincidían era en lo que pasó: que ahí, en ese cruce sin nombre, Juan Estay había entregado lo único que realmente era suyo a cambio de todo lo que nunca había tenido y siempre había querido.

     La única condición que el señor de las tinieblas le impuso fue ésta: algo lo acompañaría. Siempre. Día y noche, en la mesa y en la cama, en la misa del domingo y en las reuniones con el gobernador. Una presencia que no podía rechazar ni ignorar ni pedirle que se fuera.

     Y así fue.

     Era una figura lúgubre. Siempre de traje negro y capota de cuero negro, sombrero de ala ancha tan inclinado hacia adelante que nunca se le veía la cara. A veces, en los cuartos oscuros o cuando la luz de los cirios parpadeaba, se le veía el brillo de los ojos. Ese brillo producía en quien lo percibía un miedo que no era exactamente miedo, sino algo más primitivo, ese terror que el cuerpo reconoce antes que la mente. Los invitados a la mesa de Don Juan dejaban de comer. Los niños se ponían a llorar sin saber por qué. Los perros del fundo se alejaban del corredor principal y no volvían.

     Don Juan hacía como si no lo viera. Quizás después de cierto tiempo uno deja de ver lo que siempre está ahí.

     Sus amigos del gobierno fueron los mismos que le propusieron presentarse a las elecciones de alcalde por el partido conservador. La idea le gustó con una intensidad que lo sorprendió. Ya tenía dinero y tierras y el respeto que compra el dinero, pero el poder formal, el poder con nombre y cargo y sello oficial, era otra cosa. Era la culminación de algo que había empezado en Los Andes cuando era nadie.

     Fue alcalde de Puente Alto entre 1934 y 1937. Dicen que fue un buen alcalde, lo cual es posible. Los hombres que hacen pactos en los cruces de caminos no son necesariamente malos en todo lo demás. A veces son, incluso, excelentes en sus oficios. El problema no es lo que hacen. Es lo que deben.

     El cobro empezó con Juanita.

     No hubo enfermedad larga esta vez. Juanita Mardones murió de una manera que los médicos catalogaron como natural y que los que la conocían catalogaron como imposible, porque era una mujer sana y fuerte que la semana anterior había supervisado la vendimia y había reído a carcajadas cuando su hijo menor se cayó en un barril de mosto. Murió en su cama, en su casa, en su fundo. En todo lo que había tenido en el mundo antes de que Juan Estay llegara a quitárselo con amabilidad y paciencia.

     El arrepentimiento de Juan fue inmenso. Algo se quebró en él con la muerte de Juanita que no volvió a soldarse. Quizás la había amado de verdad. Quizás simplemente entendió, demasiado tarde, que los precios de las cosas que se compran en los cruces de caminos no se pagan en abstracto.

Se pagan en carne. En nombre. En sangre que uno reconoce.

     La figura del sobretodo negro siguió ahí. Pero ahora ya no era visible para los demás. Solo Don Juan podía verla, o sentirla. Estaba siempre detrás de él. No con voces que los demás pudieran oír sino con esa clase de persuasión que parece nacer de los propios pensamientos, de modo que uno no sabe nunca con certeza si lo que piensa es suyo o es de otra cosa que piensa a través de uno.

     Los hijos murieron uno a uno.

     No todos de golpe, no de manera que pareciera una cadena. Eso habría sido demasiado obvio, y el señor de las tinieblas no trabaja con obviedad sino con paciencia, con esa clase de crueldad lenta que parece mala suerte hasta que uno cuenta los muertos y suma los años y entiende que el patrón es demasiado exacto para ser accidental. Cada muerte tenía su nombre, su causa, su expediente. Una enfermedad. Un accidente. Otro accidente. Otra enfermedad. El cuarto hijo de una manera que los vecinos mencionaban en voz baja y después no terminaban la frase.

     El menor sobrevivió porque Don Juan lo envió a Roma y lo puso bajo la tutela de un Cardenal de la curia romana. Era lo más lejos que podía mandarlo. Si el señor de las tinieblas tenía límites —y Don Juan ya no estaba seguro de que los tuviera— quizás la sombra de Roma era uno de ellos.

El hijo menor sobrevivió. Es lo único que Don Juan Estay pudo salvar.

     Murió solo en la casa patronal del fundo Porvenir de la Esperanza, que a esas alturas ya no era una ironía sino una crueldad. Lo cuidaban siete monjas de una congregación italiana cuyo nombre nadie en Puente Alto pronunciaba correctamente, pero todos reconocían: mujeres de hábito oscuro que habían visto cosas en otras partes del mundo que las habían dejado sin miedo a casi nada, y que, de todos modos, en esa casa, se persignaban más de lo habitual.

     En el jardín que rodeaba la casa patronal habían sido clavadas más de trescientas cruces. Grandes y pequeñas, de madera y de metal, algunas con nombres y fechas y otras sin nada, solo la forma. Las monjas las habían puesto ellas mismas, noche a noche, durante semanas, trabajando en silencio. Los vecinos que pasaban por el camino exterior miraban ese jardín y apuraban el paso.

     Si las cruces funcionaron, nadie puede saberlo. Lo que sí se sabe es que Don Juan Estay Ipinza murió en esa casa, en esa cama, rodeado de esas monjas, con esa figura que llevaba décadas detrás de él parada en el umbral de la habitación, esperando. El sobretodo negro y el sombrero de ala ancha que nunca dejaba ver la cara.

     Las monjas dijeron después que en el momento exacto de su muerte todas las velas de la habitación se apagaron al mismo tiempo y el cuarto se llenó de un frío que no correspondía a la estación. Que duró exactamente lo que tarda algo muy grande en cruzar de un lado al otro de una puerta.

     Luego el frío pasó. Y la figura también.

     La casa patronal sobrevivió décadas después de la muerte de Don Juan. Sobrevivió el siglo, los cambios de manos, los años en que estuvo abandonada y los años en que la

ocuparon personas que no sabían lo que habían ocupado. A su alrededor creció la ciudad: primero un par de villas habitacionales, luego más, luego la ciudad entera rodeándola sin que la casa retrocediera, como si el terreno en que estaba plantada se negara a ceder, aunque todo lo demás cediera.

     En el año 2000 la casa pasó a manos municipales. Iba a convertirse en la casa de la cultura, que es la manera en que las ciudades intentan redimir los espacios que no saben cómo entender. Dos horas después de que los papeles cambiaron de manos, antes de que nadie hubiera entrado siquiera a medir las habitaciones, la casa ardió.

     Fue un incendio que los bomberos describirían después con esa cautela con que los profesionales hablan de las cosas que no tienen explicación: incontrolable, de origen indeterminado, que consumió el edificio hasta los cimientos con una velocidad que no correspondía a los materiales y que terminó tan abruptamente como había empezado. La oficina forense trabajó semanas en el caso. Nunca pudo determinar las causas.

     Hoy en ese terreno se levanta un edificio para exposiciones, teatro y artes plásticas. Es hermoso, moderno, bien iluminado. Durante el día es exactamente lo que parece.

     De noche es otra cosa.

     Los vigilantes del edificio, hombres con sueldos razonables y ningún interés particular en el folklore local, han llegado a un acuerdo que ninguno de ellos verbalizó explícitamente pero que todos cumplen con la exactitud de una regla escrita: cuando las luces se apagan y el último visitante se va, se reúnen en una habitación separada del edificio central. Encienden todas las luces. Y no se separan. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Aunque escuchen algo. Aunque parezca importante. Aunque parezca urgente.

     Ninguno habla de lo que pasa en el edificio cuando las luces se apagan. Pero tampoco ninguno ha renunciado. Algunos han pedido que los cambien de turno.

     Hay cosas con las que uno aprende a vivir. Hay presencias que llevan tanto tiempo en un lugar que ya son parte de la tierra misma, de los cimientos, del aire que se mueve en los pasillos cuando no debería moverse nada.

     En el cruce de caminos que lleva a Casa Viejas los perros todavía no ladran. Los caballos todavía se niegan a pasar. Y en las noches sin luna, si uno se detiene el tiempo suficiente y el viento viene de la dirección correcta, a veces se escucha algo que no es el viento.

     Es algo más antiguo. Algo que lleva mucho tiempo esperando en los cruces. Algo que tiene mucha paciencia.

     El fundo se llamaba Porvenir de la Esperanza.

     Nadie en Puente Alto encontró nunca la ironía en ese nombre. O quizás sí la encontraron y simplemente no dijeron nada.

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Revista "Barro", Uruguay

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