María Magdalena
Por Elías José de Arce Bula

En una ciudad a orillas de un rio amarillo, una mujer camina por una calle empedrada; se confunde entre luces, sombras y brillos de la noche. Está lloviendo, hace frio, ella busca algo, parece que un amor perdido, prohibido, está borracho, u a otro cuerpo le quita el frio.
Otra de ellas anda de arriba abajo con un paraguas roto; carga una pequeña cartera sin identidad, sus pasos son lentos, y cantan con el pavimento; la pieza donde vive es una pocilga, y la cuida una gata embarazada que espera a su ama entre sabanas remendadas.
La mujer espanta al frio con un té burbujeante regalado por un taxista elegante; ella y el cliente, un árabe, hablan poco de su pasado, prefieren el presente, aunque las cartas le muestren el futuro. Son enemigos del destino.
La hembra, con tez clara, es más hermosa inmediatamente se quita el maquillaje, el esmalte y el desodorante; entonces es original, no hay dudas: es una mujer la que se mira en el espejo; a veces llora sola, y sola se consola; quisiera ser una mariposa para volar, pero le da miedo llegar a la libertad. Su estómago es un rio lleno de remolinos, los ojos los tiene hundidos, los huesos de las caderas le sobresalen, y los de la cara muestran hambre. El dueño de la pieza le ha dado un ultimátum; la creyente en Dios y los santos le muestra al hijo de puta un calendario resaltando en rojo los fines de semana y días festivos.
La fulana no tiene tatuajes, igual a varias veteranas, marcas de varias puñaladas. Entró en esa vida viendo lo que su madre y abuela hacían; lo de ella es de familia.
La cabaretera tuvo interés en aprender a leer apenas supo que la vecina de pieza confundía la A con la P, y desde entonces maldice el horóscopo; su hombre perfecto está pegado en la pared de la habitación 2x3, y ni siquiera es un actor de una película americana: es un magnate que tiene muchos aviones y yates.
A la esquina, de múltiples fragancias que despiertan las hormonas masculinas, han llegado tres quinceañeras; eso trae problemas, pero el dueño de esa cuadra amenaza mostrando arma blanca, y si alguna de ellas pide pensión, rio abajo seguro la encuentra.
La policía de paseo nocturno también llega en patrullas de luces fulgurantes a darle vueltas al orden público; una prostituta le pide a un uniformado la comida para el hijo, un niño especial que quizás conozca a Marte. Entonces el condecorado, mira a los otros del grupo, y hacen de sus caras un signo interrogante. La inteligencia del niño seguro viene de otro amante.
Las prostitutas se bañan en un estanque con agua helada para endurecer las nalgas y levantar las tetas, y allí se ríen del que lo tiene chiquitico, pero es buen catre; cuando una de ellas cumple años las otras le regalan un par de zapatos bien altos, y tampoco nunca falta el detalle del cliente bien atendido que la invita a un fino restaurante. A una de ellas, un tipo de principios le propuso matrimonio; lo está pensando, no quiere dar un mal paso, a ella le gusta la calle, no quiere lavar platos.
Por otra parte, las prostitutas antiguas le quieren enseñar a las nuevas el oficio más viejo del mundo, pero estas ya lo saben, no son tan ignorantes.
La más vieja de las mujeres de vida alegre no se quiere retirar; de eso ha vivido todo el tiempo y no sabe hacer nada más, quiere continuar. Enseguida se levanta, va al baño, se sienta a orinar y a cagar; mientras se fuma un Malboro mira a su amiga, conversa con ella, le da las gracias por tantas batallas juntas. Le pregunta si está cansada, pues tiene medio siglo; empiezan a salirle canas, y aunque la raja nada le contesta porque está descansando, la prostituta sabe que la fiesta ha terminado y decide finalizar con dignidad.
Un día lluvioso de abril, una prostituta fue hallada muerta rio abajo; lo único que se sabe de ella era que, en el índice, en el medio, y en el anular de la mano izquierda tenía tatuadas la letra M, y que el domingo en la noche, bajo la lluvia, caminaba por la calle empedrada como si buscara algo.
El día del entierro, las prostitutas iban vestidas de alegre en medio de juegos artificiales, todas entaconadas y perfumadas.
Las que más lloraban borrachas eran las putas jóvenes, pues, aunque ya sabían del oficio, amaban y vivían el presente de lujos; no pensaban en el futuro, pero maldecían su destino.
La más bonita de ellas, dijo:
—La suerte está echada—.
“Geraldine” había sido maestra en una escuela de una vereda de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde enseñaba poesía y literatura. Y un día, una amiga la invitó a un buque con turistas holandeses estacionado en la bahía, y en menos de lo que canta un gallo, con su cuerpo, había ganado lo que no se ganaba en todo un año como profesora; y desde ese entonces ejerció la prostitución tomando ese nombre postizo.
La puta era fantástica en la cama, era la reina de El Cairo, todos los hombres querían coronarla, así la montada les costara un ojo de la cara. En el tubo se deslizaba como serpiente, agarraba la barra de metal con una delicadeza tal que todos los hombres en ese salón oloroso a pernicia y a vagabundería enloquecían; todos los vicios allí se conjugaban y, el pecado deseado, era quitar esa diminuta prenda olorosa a jardín recién podado.
La prostituta, por si acaso algún día aparecía tirada muerta en el rio o en cualquier lugar, se había tatuado en los dedos —índice, medio y anular de su mano izquierda — las letras M M M para que supieran que la fallecida era María Magdalena Marquetalia.
