top of page

Los fondos del ropero

Diego Castro

Image-empty-state_edited_edited.jpg

     Sepan que sucedió en verano. Diré febrero, si empiezan a exigir detalles.

     Hay padres que amueblan la infancia de sus hijos con precarias pero intensas mitologías. A veces equívocas respecto de sus resultados; la mayoría de las veces, bien intencionadas. ¿Saben de qué estoy hablando? No me refiero a las compartidas por los grandes colectivos y que pasan de generación en generación –ratones o hadas para los malogrados dientes de leche, zapatitos y pasto para los seis de enero– sino aquellas que surgen de las circunstancias únicas de cada hogar: allí donde puede interpolarse y crecer la inventiva. Un vecino monstruoso que devora las pelotas que caen en su patio, una baldosa floja de la cocina que si la pisamos el universo puede contraerse hasta el primer átomo esencial, un espejo de baño que si lo miramos demasiado nos empieza a devolver muecas burlonas. Algo así. Los míos me habían convencido de que en el compartimiento superior de su ropero –luego sabría que ese compartimento se llama “alzada”– habitaba una pequeña bruja. Era un mueble pesadísimo, de oscura madera veteada, que ocupaba toda una pared y casi llegaba al alto techo de la vieja casa del barrio Cordón. Esa puerta siempre entreabierta de la alzada y mi estatura de niño fueron suficientes para que la imaginación conspirara en favor del engaño. Además, por supuesto, quería creer; ¿qué son los niños sino fundamentalistas, devotos de la creencia? La bruja, según me decían, castigaba a los pequeños que asumían una conducta inapropiada durante la hora de la siesta.

     Las tardes de verano, en la infancia, son largas: muy largas. Tan pero tan largas que tienden al infinito. ¿Alguna vez pensaron en ello? Digo: en el porqué. ¿Será que los niños aún no se acostumbran al galope del tiempo? ¿A esa intuición? Acaso sea que su consciencia en ciernes se resiste a la arbitraria partición que desde la modernidad a nuestros días hacemos del decurso: el tiempo abstracto. Soné académico, ¿no? Es el tiempo de los relojes, para decirlo en sencillo. También puede ser una cuestión de simples matemáticas aplicadas al juego de la experiencia: tres horas son en proporción mucho más para seis o siete años vividos que para cuarenta y ocho. En fin, sea como fuere, en esas mismas tardes interminables, para sobrellevar las horas, mientras se ocupaban de sus menesteres, mis padres me permitían dormir en su cama de dos plazas. Más que admitirlo, lo ordenaban. Como sospecharán, no lo vivía como un privilegio. Y no sólo porque no me gustaba dormir (que, por cierto, aún hoy no me gusta). En la fresca oscuridad de la pieza, aprehensivo, no quitaba la vista del ropero –de su alzada– hasta que me ganaba el sueño. A veces una sombra en el interior del mueble o un crujido de maderas subrepticio e inexplicable, me obligaba a sumergirme entre las sábanas, tembloroso. Y entonces, apenas los ojos o el jopo permanecían sobre la línea de flotación de la ropa de cama. Y cuando el miedo se imponía, ni siquiera.

     Había llegado a admitir cierta regencia general de la bruja sobre mis actos. Las notas escolares, el acopio del botín de las piñatas en los cumpleaños, la docilidad con las tías besuqueras: en todo me precavía de mostrarme intachable para mantener a la hechicera en su hibernación de acolchados viejos y bolitas de naftalina. Y miren que funcionaba. “¿Si hacía las cosas bien, por qué no iría todo bien?”, pensaba entonces.

     Aquella tarde de aquel febrero de mis ocho años, espoleado por el aburrimiento y la lluvia –que empujan al abatimiento o el frenesí y vaya uno a saber porqué–, decidí armar una pelota de trapo con las medias de mi padre. Creo que era medias de vestir así que usé varios pares, pero todos azules o negros. Una sola prenda en los etéreos dedos de la imaginación y todo cambia. Esa pieza, familiar y temida, se pobló de jugadores legendarios, de hinchas en amarillo y negro, de ovaciones y de historias. Tiraba paredes con Morena, cabeceaba centros de Bengoechea. Subía y bajaba de la cama, hacía piruetas, me tiraba en palomita sobre el colchón. Cada dos o tres jugadas, recordaba a la bruja vigilante y volvía mis ojos sobre la puerta del ropero. Soñaba una final de Copa Libertadores. Acompañaba cada uno de mis movimientos con la narración. Casi que primero pensaba el relato, las palabras, y luego adecuaba mi jugada a ello, siempre gozoso de contar con lenguajes espléndidos. En una de las alternativas del match, hice rebotar la pelota de medias contra la pared y me lancé de tijera para pegarle de zurda.

     –Engancha para un lado, para el otro. El marcador por el camino y descaderado. ¡Va el centro! ¡Llega Martín por el medio…! ¡¡Ahhh!! ¡¡Puede venir!!

     El amasijo de medias rebotó en el borde del respaldo de la cama, que era mi arco, y luego en la lámpara de la mesita de luz de mi madre. Contuve el aliento. Fue un instante interminable. Un instante interminable en una tarde eterna. La lámpara abandonó la seguridad apacible de la mesita. Siquiera alcancé a taparme los ojos: resignarme a lo que no tenía remedio. La gravedad ya había clamado lo suyo: la lámpara, en cientos de pedazos, se repartía por todo el piso de madera. Y claro, el gol. No fue gol. Desesperado, miré a izquierda y derecha. Y corrí frenético hacia la puerta de la habitación. Temía a la bruja, que sin dudas ya despertaba de su letargo para reprender mi falta. Acaso ya estiraba su mano cadavérica, en forma de gancho, hacia mi cuello. Temía a mis padres. Atravesé el living, un pasillo y la cocina: todos desiertos. Llegué hasta el patio y me escondí debajo de la escalera de metal que llevaba a la azotea. Agitado, con las explosiones del corazón en los oídos.

     Y esperé. Los escalones no tenían contrahuella así que el escondite era imperfecto, pero me permitía atisbar a quien se acercara. ¿Cómo sería la bruja? Más importante aún, ¿qué me haría? ¿Me comería vivo? ¿De un solo y furioso bocado o pieza por pieza paladeando cada mordida? Podía imaginarme dentro de una gran olla humeante, como la que usaba mi abuela –que de tanta bondad era la antítesis de cualquier bruja– para hacer en el amanecer de cada lunes la gran sopa familiar de la semana, escaldado entre las papas, las zanahorias, los ojos de gato, los picos de ornitorrinco. ¿Me llevaría a servirle de por vida dentro del pequeño estante del ropero? ¿Tendría que aprender a vivir entre los pliegues de unas almohadas con olor a humedad, en un cautiverio implacable, lejos y cerca de mi familia? Mi castigo sería algo atroz, eso era lo único seguro.

     Pasaron los minutos. Y a los minutos les crecieron horas, no sé cuántas. Las últimas gotas de lluvia se deslizaban, morosas primero, apuradas después, a través de los bordes de los escalones. Algunas acababan en mis hombros o en mi cabeza. Y yo no me movía. Al temor se le sumó el fresco de la tardecita y los apremios de la vejiga: el súbito exilio que me había impuesto en el patio clamaba por un final. El que fuera. Pero la bruja nunca llegó a confirmar sus amenazas. Mis padres, que me buscaban para la cena y me encontraron en mi escondite entre lluvia y lágrimas, siempre más propensos a la bondad que a otra cosa, decidieron no castigarme. Con el tiempo –después de todo era un niño–, cometí otras travesuras. Nada grave pero sí a todas luces incorrecto; incluso, algunas veces, con ánimo desafiante. “Vení, dale, bruja. ¿Qué? ¿Estás distraída? ¿Estás durmiendo vos la siesta? ¿No ves que me porto mal?”. Pero la bruja tampoco compareció y fui perdiéndole el miedo hasta que caí en un desdén hondo, angustioso. ¿Otros niños hubieran recibido felices ese silencio de impunidad? No lo sé. Yo tuve una intuición amarga de todo el asunto, muy amarga; no lo sentí como una liberación sino como una forma de soledad: de desamparo y azar.

     Los años dejaron mi infancia atrás y las tardes de verano hechas un instante: apenas si fugacidad. Mi abuela falleció, los ahorros flaquearon y Peñarol no ganó una nueva Libertadores (pero casi). Mis padres vendieron aquella vieja casa del barrio Cordón y el ropero fue deshuesado y regalado. Acabé por olvidarme de mis cosmogonías infantiles, de mis sueños de futbolista y relator, y abracé con dudoso fervor una de esas profesiones con las que la gente –a despecho de la advertencia del evangelista– se gana la vida y se pierde el alma. El escepticismo se encargó de la fe en las brujas primero y la fe bautismal después.

     A veces, los domingos al mediodía, a mi vuelta de la feria de Tristán Narvaja con café, huevos, alguna fruta, y si hubo un poco de suerte, un nuevo libro entre las manos, paso delante de la casa. Ahora el lánguido final de los tentáculos de la feria llega hasta la calle Minas, algo que siempre temió –siempre avizoró– mi padre cuando allí vivíamos, con puestos raleados y desparejos. Mientras Nadia pregunta el precio de alguna chuchería, yo paseo la mirada por aquella fachada tan familiar. Tal parece, después de varios dueños, que esa casa es ahora una oficina que alberga ramplones sueños de prosperidad económica. Me pregunto qué será de aquella habitación, de aquel patio y su escalera: metros cuadrados que sólo existen en mi memoria. Y pienso, y no digo, que lo que se rompió aquella tarde fue más que una lámpara de noche y que hay alguna verdad oscura y opresiva, como los fondos del ropero de mis padres, en aquella intuición que no me abandona desde entonces. Y, si ustedes siguen con eso de los detalles, les diré que así está bien.

Teléfono

(+598)98-888-452

Revista "Barro", Uruguay

E-mail

Logo Barro footer

Conectemos

  • LinkedIn
  • Instagram

2025. Todos los derechos reservados

bottom of page