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Letra C

Capa/Casa

Fabián Muniz

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     Nuestra época reserva la fantasía de los superhéroes para refocilarse frente a la pantalla grande, mientras la caja de cartón llena de pop acaramelado disminuye su contenido con cada manotazo. Sin embargo, para la vida real, la gente gusta de cierto tipo de héroes mucho menos rimbombantes, sin los atuendos ni los superpoderes, que podríamos llamar (y, de hecho, llamamos) “héroes sin capa”. Durante la pandemia de Covid 19, los héroes-sin-capa fueron los médicos y, junto a ellos, todos sus satélites, que hemos dado en llamar “personal de la salud”. En un sentido más extendido, los héroes-sin-capa están en casa, o es como si se correspondieran con un ámbito doméstico, vecinal, de la casa en sentido restringido o un poco más amplio: nos son siempre familiares. Son papá y mamá, que tanto han luchado de manera desinteresada y anónima para que nunca nos faltara nada; son las maestras y los profesores; son los bomberos y la policía; son los políticos honestos y los empresarios benefactores.


     En definitiva: todo individuo de la sociedad, a través de su conducta ejemplar, regida por la moral consensuada, sería un héroe-sin-capa. El dilema es que hay tantos héroes que ya no hay a quién salvar. Solo hay, de un lado, héroes-sin-capa, y, del otro lado, el lado b de la sociedad, sin el cual la existencia misma de héroes carece de total sentido: los pichis, los criminales, los malos. Así, una sociedad fantasiosa, propia de los cómics, acaba siendo algo más compleja o sofisticada que la que nuestro imaginario actual concibe. La sociedad de los cómics tiene tres polos: 1) un grupo de villanos que surgen de las alcantarillas (no de una estructura social injusta), como ratas, y que se disponen a saquear carteras de viejecillas inofensivas en las esquinas húmedas de Ciudad Gótica; 2) un grupo de superhéroes que o vienen o de otro planeta (Superman) o viven en una lujosa mansión regenteada por un mayordomo fiel y, probablemente, una plantilla de inmigrantes indocumentados que cocinan, limpian y organizan la vida doméstica (Batman): son seres maravillosos, casi como los detectives privados de las viejas novelas policiales, que suplantan el ineficiente accionar policial estatal; 3) la gente común y corriente, el pueblo, lugar vacío desde el que emerge, y a su vez donde se deposita, una serie de fuerzas, de deseos, de demandas, que gravitan entorno a esta esquematización social de tres polos. La sociedad de los cómics corresponde a la imaginería clásica de un pensamiento político conservador: el mal no tiene explicación (es Absoluto o Cósmico), el pueblo sufre y clama por venganza (nunca por Justicia) y el bien se venga del mal y triunfa.


     Por otra parte, la imaginería posmoderna, que surge de una visión liberal de la vida pero extrema hasta la sátira más risible, que idolatra los relatos mínimos, el pequeño y tenue hilo de la trama de cada vida singular, considera que los héroes pululan por doquier, caminan por la calle, destilan sonrisas, saludan, dan las gracias, regalan comida o monedas, y no permiten que su día, ni el día de los demás, quede opacado por un mal gesto, por una grosería o por un atisbo de indiferencia. No se requiere demasiado talento para ser tu propio héroe. Más bien, solo hace falta una cosa: vivir. Vivir bajo las reglas de una vida uniforme, sin forma, la vida uniforme de la moral que desestimula y hasta reprime las formas de vida heterogéneas de la ética. Todos somos nuestros propios héroes, y lo Otro de ese heroísmo-sin-capa del que cada persona de bien está dotada es la delincuencia pestilente a la que habría que prender fuego. En esa operación de simplificación, la sociedad contemporánea elimina uno de los tres polos con los que contaba la sociedad de los cómics: elimina el polo de la gente común, que no era héroe (pero que los necesitaba para poder vivir tranquila) y que tampoco era criminal.


     Y aún hay más: comienza a asomar una tercera posibilidad dentro de las imaginerías sociales. No es ni la del cómic, ni la actual: es una que está latente, solapada, proyectada hacia el futuro, pero que puede entreverse, puede leerse en el entrelineado de la sociedad actual; algo que todavía no es y sin embargo ya deja huellas, síntomas. De los dos polos que actualmente conserva la imaginería contemporánea (nosotros y ellos, los héroes-sin-capa y los malandros) pasará en no demasiado tiempo a haber uno solo. Los héroes-sin-capa. Ellos son el fin de esta triste historia. Y se quedan en casa, para cuidarnos entre todos, hacen homeworks eternos, sin sentido, sin entusiasmo y sin amargura: con una parca sonrisa de la que no puede extraerse ningún signo. La sonrisa-sin-signo. Sin gente en la calle, se acabará la guerra civil no declarada que existe actualmente en el imaginario colectivo dual. Pasamos de un primitivo esquema triádico (superhéroes/malhechores/pueblo) a uno dual (héroes-sin-capa/malhechores) para llegar finalmente al fin de la historia, al espíritu absoluto, a la sociedad uniforme tan temida por Bradbury en el cuento “El peatón”. Todos en sus livings, enchufados a la pantalla, sin formas de vida posibles. Si los héroes-sin-capa finalmente dejaron de oponerse a cualquier otredad, si son los únicos habitantes de la tierra, entonces ya no tienen que fingir la modestia de no tener capa. La tienen. La decoran. La estilizan. Es la casa. La capa es la casa. La cápsula.

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Revista "Barro", Uruguay

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