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Letra B

Base/Bárbaro

Por Fabián Muniz

Altas bases, ñeri. Tan las propias, mano.

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     El relato civilizado no parece variar a lo largo del tiempo: en la base de la humanidad, es decir, en sus principios, allí, en los albores de nuestra especie, está la barbarie más absoluta. La narración histórica del progreso: empezamos de una manera muy precaria y elemental, una base, y poco a poco, mediante descubrimientos e invenciones, mediante golpes de raciocinio y de lenguaje, mediante destrucción de mitologías y matanza de muchas (muchísimas) personas que, como se dice ahora, “atrasan” (o atrasaban), fuimos consiguiendo la civilización.

     No importa demasiado si no es de su autoría: la frase ayuda a pensar. Cito de memoria. No sé con qué armas se combatirá la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será con palos y piedras. Albert Einstein, presuntamente.

     Por ende, y según lo predicho por el supuesto Einstein… ¿La barbarie puede ser también el punto de llegada? ¿El fin de la humanidad iba a resultar una vuelta a los orígenes? ¿De la era nuclear al paleolítico nuevamente?

     Yo “civilizo” mis poemas al detenerlos y congelarlos (Alejandra Pizarnik. “Diarios”). Si acordamos con Pizarnik, y “civilizar” un poema es detenerlo y congelarlo, esto sería, mantenerlo estático para mejor describirlo en su dimensión sincrónica, en su ser en un momento dado de lectura, “barbarizar” un poema no sería más que dejarlo fluir, permitirle correr por sus cauces naturales, para que devenga lo que tenga que devenir una vez puesto frente a los ojos del lector, de un otro cualquiera. Entonces: ¿el estado natural, la base de la poesía, es la barbarie?

     Retomemos una reflexión: si la barbarie no fuera solo el punto de partida, la base de un pasado remoto desde la que se fue evolucionando para llegar a la civilización, sino que también fuera el punto de llegada, un estadio post civilizatorio, que más o menos podríamos estar viviendo en la actualidad, en el que todos los relatos que sostienen la trama cultural que nos abriga y nos protege estuvieran severamente cuestionados, ¿entonces qué? Entonces el esquema que podríamos esbozar para describir el transcurso temporal de nuestra historia occidental sería barbarie-civilización-barbarie. Y a no engañarnos: esta última barbarie no es la misma que la primera. Es una barbarie-desdomesticada. Dice Quignard: Salvaje juvenilismo gregario. Peor que salvaje: desdomesticado, psicótico (Pascal Quignard, “Las sombras errantes” –Último Reino I–).

     (El profesor de Literatura Universal I, dándonos una clase sobre Grecia Antigua: “llamaban bárbaros a todos los pueblos que no hablaban griego. Al parecer, lo que ellos escuchaban en el habla de ciertos extranjeros era algo que sonaba como un “bar-bar-bar” constante. Años después, leí Los griegos de la antigüedad, de Finley, y encontré eso que dijo el profesor).

     La barbarie como lo que retorna: el retorno de lo reprimido por la civilización. Y ese retorno parece darse de dos maneras. Una de ellas, la más corriente, como transacción, como aspecto incómodo pero ya negociado por los códigos culturales (desde las bestias, los monstruos y los fantasmas de las películas de terror, pasando por la fascinación actual por el zombi, hasta el indigenismo progresista occidental en tanto síntoma de la culpa colonialista). Otra, como lo inefable. Lo real puro, se diría. “No hay palabras para referirse a esto”, “cómo es posible que en pleno siglo veintiuno…”, se escucha cuando suceden… En este orden de cosas, se encuentra (aunque dar un ejemplo ya es salirse de lo real puro: arrieguemos de todos modos) el desesperado pavor europeo hacia la inmigración musulmana y el siempre latente terrorismo que se puede desatar en cualquier momento con tan solo un explosivo oculto bajo el abrigo, una camioneta desbocada en medio de una peatonal turística o sencillamente un cuchillo bien afilado en busca de las gargantas más infieles, las que jamás han pronunciado el nombre de Alá con fines de alabanza.

     Podemos decir un poco más: la barbarie que la civilización reprime puede volver en alguna de estas dos modalidades: o como farsa, o como tragedia.


Quienes hasta el día de hoy han salido siempre vencedores de sus contiendas marchan en el desfile triunfal de los dueños del momento, que pasa por encima de los vencidos que yacen postrados en el suelo. Y, como es costumbre, en el desfile triunfal llevan consigo el botín, al que se da el nombre de “bienes culturales”. Estos deberán contar con que tienen en el materialista histórico a un espectador distanciado. Ya que los bienes culturales que este abarca con la mirada tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea también de barbarie. Y como él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de trasmisión por el que ha pasado de unas manos a otras (Walter Benjamin. “Tesis sobre el concepto de la historia”, VII).


     ¿Qué es lo que hace de una barbarie-desdomesticada como el terrorismo algo tan temible que es imposible de poner en palabras? ¿Qué es lo que lo vuelve incomprensible? Probablemente el hecho de que, con una estrategia de suma sencillez, brutal, primitiva, logra eludir los censores más refinados de la tecnología civilizada. El terror a pequeña escala, el terrorismo artesanal, que parece ser el preferido de los últimos actos reivindicados por el Estado Islámico, no puede ser previsto, prevenido; la Seguridad Nacional, el Estado Panóptico, no pueden anticiparlo. La barbarie-desdomesticada es un acto de resistencia contra la sociedad de control.


La multitud de la gran ciudad provocó miedo, repugnancia y espanto en los primeros que la miraron de frente. Poe percibe en ella un elemento de barbarie. Solo con un sentido muy exacto de la urgencia logra imponérsele una cierta disciplina. Quizá por esa razón James Ensor no se cansará, años más tarde, de enfrentar en ella la disciplina con el salvajismo. Eso explicaría su afición a incorporar militares en las bandas carnavalescas de sus cuadros. Ambas esferas se compenetran de una manera ejemplar, suministrando un modelo para los estados totalitarios, en los que la policía va de la mano con los maleantes (Walter Benjamin. “Sobre algunos temas en Baudelaire”).


     (“¡Qué bárbaro!” o “¡Qué barbaridad!”, dice la gente. Y lo dice tanto para expresar asombro y desconcierto como para expresar júbilo o incluso indignación. Pero siempre se tratan de sentimientos poco civilizados).

   

     Imaginamos a la vez que el humanismo fue la gran fuerza que animaba nuestro desarrollo histórico y que es finalmente la recompensa de ese desarrollo; en síntesis, que es su principio y su fin. Lo que nos maravilla en nuestra cultura actual es que pueda tener la inquietud de lo humano. Y si se habla de la barbarie contemporánea es en la medida en que las máquinas o algunas instituciones nos parecen no humanas (Michel Foucault. “¿Ha muerto el hombre?” Conversación con Claude Bonnefoy, 1966).


     Las bases del partido son la barbarie para la civilización de la cúpula dirigente. Las bases sindicales son la barbarie para la cúpula sindical dirigente. Las bases sociales son la barbarie para el gobierno. Retornan permanentemente bajo una serie de demandas que la cúpula civilizada reprime, y ahí se da la transacción que media entre una fuerza y su contralor. Negocian. Unos ganan, otros pierden, y la homeostasis permanece. Hará falta una barbarie-desdomesticada que traiga lo inefable para que algo del orden social tiemble, se desestabilice, no tenga la cintura de la negociación, deba replantearse todo su funcionamiento.

     ¿Es la barbarie lo Otro de lo social? ¿O solamente lo Otro de lo civilizado? Para el tiempo en el hombre, el contenido del pasado es lo nuevo, la renovación, la fuente, la vida que vuelve a brotar (Pascal Quignard, “Las sombras errantes” –Último Reino I–).

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