La media luna
Por Orejano

La mañana era un paño caliente y húmedo sobre el pueblo. El sol, todavía bajo, prometía una jornada de calor aplastante, de esas que doblan el asfalto y hacen brillar el aire como un espejismo. En el banco de siempre —un banco de concreto desgastado, típico de los que colocan en las plazas, sentados en la postura derrotada que imponía el bochorno, estaban Marcelo, Joel, Ale, Mauri y Antonio.
Eran amigos desde los tres años cuando comenzaron el jardín de infantes en el colegio de monjas del pueblo, trece años después seguían siendo los mejores amigos, inseparables, de esos de fierro. El banco estaba pegado a la pared, en la vereda, a la derecha de la imponente puerta de entrada a la casa de Marcelo, en la calle principal, ese eje céntrico que todo lo veía pasar y a nadie retenía.
—Hoy se fríe un huevo en el asfalto en un toque—dijo Ale, pasándose el dorso de la mano por la frente.
—Y mañana también —agregó Joel, con esa filosofía práctica y su melena rubia que lo caracterizaba.
Fue Marcelo quien, mirando el cielo blanquecino, lanzó la idea como quien tira un salvavidas al mar intentando rescatar a un náufrago: «¿Y si nos vamos a la Media Luna? Pesca nocturna». La frase cayó en el grupo con la fuerza de una revelación. La Media Luna era una laguna en forma de, precisamente, media luna, a unos nueve kilómetros hacia el este, por una ruta más o menos asfaltada que conectaba con el pueblo vecino. Un lugar de leyendas menores, de mosquitos gigantes y, según decían, de grandes tarariras.
Consideraron opciones de transporte con la seriedad de un estado mayor planeando una invasión. La camioneta del padre de Antonio no estaba disponible. La solución, obvia y gloriosa, surgió de todos a la vez: ¿y si vamos en bici? Eran cinco y todos tenían bicicletas más o menos funcionales. Era una señal inequívoca.
Pactaron el ritual: cada uno con sus pertrechos —cañas, reel, líneas, anzuelos, linternas, algún farol, la heladerita de espuma ya desgastada—, y sus enseres —mate, termo, algo para picar—. La cita, como no podía ser de otra manera, sería allí mismo, en el banco, a las seis en punto de la tarde. Un «acá nos vemos» selló el pacto, y el grupo se dispersó con una energía nueva, el calor ya no era una losa, sino un preludio de aventura.
Poco antes de las siete de la tarde, el campamento ya estaba instalado en un claro de la ribera, a un costado de la laguna, cuya agua quieta y oscura reflejaba el cielo que comenzaba a teñirse de naranja. Habían elegido un buen sitio, cerca de un talar achaparrado que ofrecía cierta sensación de cobijo. El fuego crepitaba ya en un pequeño hoyo rodeado de piedras, defendiéndose del viento que no soplaba. El agua en la caldera hecha con una lata vieja de duraznos en almíbar y un alambre dulce sobre las brasas, estaba a punto de hervir. Los aparejos, ya preparados, yacían al lado de orilleros clavados en la tierra firme, sus líneas hundiéndose en las profundidades verdosas, soñando ya con capturas quiméricas.
La tarde se deslizó lenta, perezosa. Las cañas, enhiestas como antenas de bambú, auguraban una gran noche. Una promesa que pronto se empezó a cumplir: dos tarariras chicas, plateadas y violentas, ya descansaban limpias en el hielo de la heladerita. Entre risas cómplices, el mate amargo que pasaba de mano en mano, una rosca de chicharrón grasosa y bizcochos, los encontró la noche. Una noche sin luna, negrísima, de esas que solo conocen los lugares lejos de las ciudades. Un manto de terciopelo oscuro sobre el que las estrellas no titilaban, sino que reinaban, frías y absolutas.
No habían pasado aún treinta minutos de las once. cuando cenaron, de forma rudimentaria y deliciosa, unas tiras de asado chamuscadas sobre las brasas, a la orilla de ese espejo de agua que ahora reflejaba el cosmos. La noche era serena, casi solemne. Los únicos sonidos eran la sinfonía del monte —un chirrido aquí, un crujido allá— y el rumor lejano, constante, del río que serpenteaba unos trescientos metros más al norte. La pesca, entretanto, fue buenísima hasta la una y media de la madrugada. Varias piezas eran trofeos: bogas de buen tamaño, un bagre no muy grande pero combativo, más tarariras. Sus capturas y sus risas ahogadas eran lo único que perturbaba la paz del lugar.
Luego de esa hora, una calma densa, casi palpable, se apoderó de todo. Hasta los peces, parecía, se habían ido a dormir. Ale, bostezando, fue el primero en claudicar. «Yo me rindo, gurises, me voy al sobre». Mauri y Joel le siguieron poco después. Se acomodaron como pudieron en sus sobres de dormir, cerca del fogón ya convertido en rescoldo, bajo la sombra protectora del talar achaparrado.
Marcelo y Antonio, los dos más testarudos, o quizás los que más necesitaban de aquel silencio compartido, se quedaron desvelados en el pesquero, un improvisado refugio de nylon atado entre dos cañas. Tomaban unos mates, amargos y reconfortantes. De vez en cuando, Antonio, con un guiño, sacaba de su mochila una botella de Grappamiel. Un trago corto, dulce y fogoso, para «calentar las gargantas» y el espíritu. Había silencios cómodos, esos que solo se dan entre amigos de toda la vida, y también tiempo para anécdotas en voz baja, susurradas para no despertar a los demás y, sobre todo, para no espantar a las «futuras presas» que ya no venían.
A eso de las tres y treinta de la madrugada, todo cambió.
Fue sutil y a la vez brutal. Primero, el silencio. No un silencio común, sino uno activo, voraz. El río dejó de sonar. El monte enmudeció de golpe. Ni un grillo, ni una rama que se quebrara. Fue como si alguien hubiera apretado el botón de «mute» del mundo. El ambiente se puso raro, denso, profundo. El aire, antes fresco, se volvió pesado y estático. Luego, surgió de la superficie de la laguna: una niebla baja, espesa, que no se arrastraba sino que apareció, envolviéndolo todo en cuestión de segundos. Marcelo y Antonio se miraron a través del velo húmedo. No dijeron nada. No hacía falta. En sus ojos se reflejaba la misma atónita comprensión: algo totalmente fuera de lo común estaba ocurriendo.
A las tres treinta y tres, el fenómeno estalló.
La laguna comenzó a zumbar. Un sonido grave, profundo, que no venía del aire sino de la tierra, de las entrañas mismas del agua. El piso vibraba bajo sus pies descalzos, haciéndoles sentir el hormigueo en los talones. Y luego, al unísono, como si una gigantesca compuerta se abriera en el fondo, un haz de luz del tamaño exacto de la Media Luna salió disparado hacia el cielo. Era una columna sólida, perfectamente definida, de un blanco azulado tan intenso que lastimaba la retina. Penetraba la noche, atravesaba la niebla, iluminándola desde dentro, y se perdía en lo alto, tocando aparentemente las mismísimas estrellas. La brillantez era impresionante, cegadora. Tan potente que, por unos segundos, el agua se volvió transparente. Marcelo y Antonio, boquiabiertos, llegaron a divisar peces inmóviles, suspendidos en la columna líquida iluminada, como insectos en ámbar luminiscente.
El resplandor los despertó. Ale, Mauri y Joel emergieron de sus sacos de dormir desorientados, frotándose los ojos, solo para quedar paralizados por el espectáculo dantesco. Sin mediar palabra, ramparon por el suelo hasta alcanzar a sus dos amigos, agrupándose instintivamente. Los cinco, hombro con hombro, contemplaron lo imposible.
Y entonces, en un instante, todo acabó.
La luz se apagó. No se desvaneció; se cortó, como un interruptor. La oscuridad que regresó fue dos veces más negra, más absoluta. El zumbido cesó. La vibración se detuvo. Solo quedó un silencio extremo, un vacío sonoro tan pesado que oprimía los tímpanos. Lo único que se podía escuchar eran sus propias respiraciones, entrecortadas, aceleradas por un miedo. Estaban inmóviles, entre extasiados y en shock, plantados como estatuas a la orilla de lo que ya no era un espejo de agua, sino un abismo negro.
Pasaron minutos que se sintieron como horas. Poco a poco, el pánico inicial dio paso a una tensión eléctrica. La niebla, extrañamente, comenzó a retirarse, disipándose con la misma rapidez con que había llegado.
—¿Qué… qué mierda fue eso? —logró balbucear Joel, su voz un hilito de sonido en la inmensidad silenciosa.
—No sé —murmuró Ale—, pero se fue. Se fue, ¿no?
La palabra murió en sus labios.
Sobre el centro de la laguna, a no más de treinta metros de altura, aparecieron las Tres.
Eran tres esferas perfectas, enormes. No emitían luz propia de manera violenta como el haz anterior, sino que brillaban con una incandescencia interna, pulsante, como brasas cósmicas. Eran de un blanco tan puro y cegador que era imposible mirarlas directamente; había que hacerlo de reojo, percibiendo su presencia por la dolorosa mancha que dejaban en la visión. Flotaban en completo silencio al principio. Luego, un zumbido sutil, casi musical, se hizo audible. Y comenzaron a moverse.
No se desplazaban; intercambiaban posiciones. Lo hacían a una velocidad que desafiaba la física, sin aceleración ni desaceleración, instantáneamente. Una donde estaba la otra. Otra ocupando un nuevo vértice. Tres veces lo hicieron, hasta formar en el aire un triángulo equilátero perfecto, silencioso y letalmente geométrico sobre la laguna.
El zumbido sutil comenzó a intensificarse, transformándose en un sonido grave, penetrante, que resonaba no solo en los oídos sino en los huesos, en los dientes, en la caja torácica. Subía en frecuencia e intensidad hasta volverse físico, hasta doler. Mauri se tapó los oídos con fuerza, contorsionando el rostro. Antonio sintió un calor repentino, los demás también comenzaron a sentirlo, igual al calor estival que estaban viviendo ese año.
Miraron, a través de los párpados entrecerrados, cómo las tres esferas incandescentes, manteniendo su formación triangular perfecta, comenzaron a ascender. Lo hicieron suavemente al principio, y luego, con una aceleración que no produjo estruendo alguno, solo un soplo de aire desplazado que les revolvió el cabello y las ropas, se dispararon hacia el sur. En menos de un segundo se convirtieron en tres puntos brillantes que atravesaron una constelación, y luego en nada. Se esfumaron.
El silencio regresó, pero ya no era el mismo. Estaba cargado, impregnado de lo visto. El zumbido persistía como un eco fantasma dentro de sus cabezas. El río, lentamente, volvió a sonar. Un grillo, tímidamente, rompió el hechizo desde el monte.
Nadie habló. Durante diez minutos, solo se miraron, buscando en los rostros de los otros una confirmación, una explicación, un atisbo de cordura. No la encontraron. Finalmente, Marcelo, con movimientos torpes, como si despertara de un sueño profundo, se acercó a la heladerita. Abrió la tapa. El hielo, milagrosamente, no se había derretido. Sacó la botella de Grappamiel que Antonio había guardado en la mochila. Estaba tibia. Se la pasó.
Antonio tomó un trago largo. El licor dulce ya no sabía a aventura, sino a necesidad.
—Bueno —dijo Ale, con su voz aún temblorosa, mientras miraba el triángulo imaginario que aún parecía quemado en la retina de todos, sobre la ahora inocente laguna.- Esto… esto no se lo contamos a nadie.
Nadie asintió. No hacía falta. Había un pacto nuevo, sellado no en un banco de cemento bajo el sol, sino en la orilla de lo incomprensible, bajo la fría mirada de tres soles que no eran del cielo. Recogieron sus cosas, apagaron las brasas hasta el último rescoldo, y montaron en sus bicicletas bajo la primera luz grisácea del alba. El camino de regreso de nueve kilómetros fue un viaje en silencio, cada uno atrapado en la burbuja de su propio asombro.
Y cuando llegaron, exhaustos y cambiados para siempre, al pueblo que empezaba a despertar, se encontraron, sin haberlo pactado, nuevamente en el banco de siempre, a la derecha de la puerta de la casa de Marcelo. El sol matinal caía sobre aquel banco que tantas anécdotas había presenciado. Se sentaron. Miraron la calle principal, vacía. Miraron sus manos.
Marcelo fue el primero en hablar, su voz un susurro ronco.
—¿A las seis, entonces? —preguntó, sin mirar a nadie, clavando la vista en un punto lejano hacia el sur, por donde la ruta se perdía en el horizonte.
Los otros cuatro lo miraron. En sus ojos ya no había miedo, solo una pregunta profunda, y una determinación oscura. Asintieron, uno a uno.
El banco de siempre había sido testigo del comienzo de una pesca. Ahora era el cómplice mudo del comienzo de otra cosa. Algo que no pescaría peces, sino respuestas en el negro espejo del misterio.
