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Fantasmas de Montevideo

Por Mario Martínez

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     Un día el tranvía número 20 cruzó la Plaza Atahualpa. Pude verlo detenerse y esperar a los pasajeros, que entraron como una tromba. El cableado eléctrico emitía leves chirridos. Escuchaba el bullicio, el taconeo en el escalón. Los asientos blancos en los canteros, ahora vacíos, en su pálida invitación, estaban como esperando a alguien…

     Apareció un señor, un paseante de galera y bastón, que se paró al lado mío y empezó a comentarme algo. Desde el borde de la plaza, los dos mirábamos al tranvía. El señor dijo algo sin sentido, como en murmullo ininteligible: “on et sejed rartsarra rop al ailocnalem”, pero pasó enseguida como una radio a comentar cuándo se había fundado el barrio. “Fue en 1868 por la Sociedad de Fomento. Esta plaza se modificó, ornamentó y tomó el diseño de hoy en 1914. Hay algo puramente geométrico  —decía el hombre/radio—, que rompe solamente una leve asimetría dada por los rieles del tranvía. Esa geometría esconde un secreto”. Lo vi con el rabillo del ojo y me di cuenta de que no hablaba conmigo. No quise darle mucha trascendencia, pero ¿qué iba a hacer sino estudiar el sendero rojo que bordeaba la plaza, buscar y apreciar el orden y armonía de la composición? Cuatro canteros triangulares y un círculo en el centro, por el que pasaba el tranvía. Los paraísos enmarcaban la plaza, mientras los fresnos le daban la curva concéntrica a los canteros. ¿Qué había de misterioso? Quise ver de nuevo al caminante, hablar con él, pero ya no estaba. En mi cabeza quedó resonando ese murmullo extraño, incomprensible.

     El tranvía número veinte rumbo a la Dársena. Como esperando a alguien… Una brisa trajo hacia mí el fuerte olor de la gramilla de los canteros y los arbustos rodeados por insectos. Una casona vieja, enorme, parecía vigilarme, desde el otro lado de la plaza. Pude ver su ventanal detrás de una palmera, en el altillo, por el que una muchacha tal vez iría descubriendo el mundo. Hasta creo que la vi. Sí, estaba la señorita ahí, en ese ventanal. Un rostro apagado, deslucido, apenas expectante de lo que pasaba afuera, y unos dedos finísimos que tal vez hacía repiquetear en el alféizar. ¿Sus padres no la dejarían salir? ¿Estaría esperando la llegada de alguien en el tranvía?

     El chofer me miró adusto, serio, y empezó a sonar su silbato para que los pasajeros estuvieran prontos para la partida. Su gorra quepis, el uniforme bien planchado, la chaqueta de paño grueso y un bigote recortado le daban un aspecto grave, gravísimo, casi intimidante. Me contempló un segundo y vi que señaló con su dedo al banco, en el que una muchacha se distraía leyendo una novela. Apenas escuchó el silbato del chofer, se paró, presurosa, porque no llegaba a tomar el tranvía. La quise llamar. Quería avisarle que había dejado el libro. Moví apenas la boca, pero no emití sonido. El chofer me miraba serio y parecía no entender mis torpes movimientos. Quería gritarle, “tu libro, ey, lo dejaste”. Pero no lo logré. Sonó por última vez el silbato y el tranvía empezó su marcha lenta, muy lenta. Tomó velocidad y se fue. En el asiento reposaba solamente el libro. Como esperando a alguien… Me acerqué. En la tapa figuraba una foto de la Plaza Atahualpa, el tranvía número 20 y el chofer mirando el asiento vacío.

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Revista "Barro", Uruguay

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