top of page

El Oro y el Barro

Nacho Gomes

Image-empty-state_edited_edited.jpg

   Atado con doble cordel
el de simular
no querés girar maniatado
Querés faulear y arremolinar (...)

Medís tu acrobacia y saltás
Tu secreto es
La suerte del principiante
No puede fallar


Ángel para tu soledad (1993). Carlos Alberto Solari



  Sabrán ustedes que hace un tiempito se fue el Poeta de Masas, el Dios de los rotos (ricotera dixit), aquel que hacía bailar a los filósofos y leer a los ladrones (ricotero dixit). A raíz de tan sentida pérdida esta pluma esquizofrénica es tierra arrasada, jardín sin pasto, árbol sin hojas: como si un temporal furioso hubiese arreciado y solo quedase desamparo, soledad, un mundo más miserable que ayer. Se murió el Indio y yo (hoy más autorreferencial que nunca) siento una necesidad imperiosa de estar acá; quizás por una deuda con los pibes que fuimos, tal vez para consolar a mi caníbal apetito  amoroso.

     Era un tiernito, con menos calle que Venecia, cuando inicié el camino de esta experiencia estética, social y política. Pasaditos los veinte todavía no captaba su esencia, el espesor de la letra, la búsqueda del claro oscuro innegociable, la fuerza titánica de la melodía, la rebelión de los opuestos, la incertidumbre de lo versátil. Así y todo, ya me cautivaba su intransigencia frente a lo establecido, el boludeo al sentido común, esa corporalidad avasallante devorándose el escenario o aquella gestualidad siempre sobradora y de pocos amigos. De a poquito, y aun despistado frente a tanto truco de magia, empecé a intuir la, irresistiblemente seductora, convivencia entre lo alto y lo bajo, lo sucio y lo inmaculado, el refinamiento y lo guarro, el oro y el barro.

     Si bien me sentía preso en un laberinto infinito (su cancionero) yo tenía la rara certeza que Carlos Alberto Solari no pasaría por esta selva de autómatas sin pena ni gloria y tampoco se rendiría ante la indignación de algunas mayorías que hacen culto a la torpeza. Crecí, choqué, ¿maduré? y un día, escuchando Ángel de la Soledad, un sinfín de submundos dentro del mundo se descubrieron ante la mirada, las texturas, los aromas, los sabores. Intangibles, dobles sentidos, hermetismos hasta ayer impenetrables, hipérbole, hipérbaton, metonimia y metáfora desnudándose con la cadencia de un striptease, progresivos y sensuales, paulatinos y polisémicos.

     Así se largó un periodo de deslumbramiento y reinvención constante de la capacidad de asombro que perduraría hasta hoy. Preso de mi ilusión devine obsesiones poéticas, daños colaterales, reviente y exceso, indagando, como poseso, en los mecanismos ocultos del placer adrenalínico y el dolor insoportable pero sin perder de vista el quid, el meollo, el centro: había un total desconocido describiendo con una daga y un cristal (ricotero dixit) lo mejor y lo peor de mi interioridad. Por fin alguien daba en el clavo y comprendía que siempre fui menos que mi reputación. Una calva resplandeciente desentrañando, con altanería y desparpajo, tu miseria y tu virtud, y, como si esto fuese poco, multiplicando por un millón las posibilidades de la semántica, extendiendo hasta lo inaudito el territorio de la belleza.

     La odisea siguió al ritmo de un pogo sobrenatural encarnado por caravanas religiosas protestantes, propias de un fenómeno inasible, desmesurado y fronterizo entre la creencia y el fundamentalismo. Mi tan soñado debut (y a la postre despedida) fue en Olavarría 2017, siendo ya un treintañero, hecho y deshecho, pero con la fibra íntima retobada ante la invasión de las hordas desquiciadas en un pueblo de campaña, ante la irrupción de fieles en manada (la mejor acepción que puede tener el concepto “manada”) y cientos de bondis a paso de hombre e inundados de olor a faso. Aún en medio del descontrol, más tarde o más temprano, se sublevaba el fantasma de su voz, su reprimenda, su advertencia: “nos cuidamos entre todos, boludos”. Fuimos codo con codo, espalda con espalda, incapaces de registrar todo lo que no fuese el aquí y el ahora. Más celebración, más convivencia, más de lo que nadie podrá matar en mi alma.

     Claro que la dicha no es cosa alegre porque nosotros sabíamos que El Míster estaba enfermo y había olor a despedida, un presagio colectivo de que el baile se terminaba y tocaba disfrutarlo como si no existiese mañana. Son esas cosas que se saben pero no se dicen o se dicen sin palabras, con miradas de reojo y guiños imperceptibles, con ganas locas de hacernos los otarios. La cuestión no era leve, menor ni cotidiana: “Señor Parkinson me anda pisando los talones”, había anunciado un año antes en otro hipódromo para el recuerdo.

     Lo cierto es que luego de aquella última presentación en Olavarría todo se redujo a deseos vanos, decepción cruel, militancia indeclinable. Creímos que merecíamos bellos milagros y ocurrirían y mientras el aura del guerrero rodeara la manzana nada sería inalcanzable. Elegimos huir de la realidad como troyanos llamando a la guerra en tiempos de pusilánimes. Seguimos soñando el regreso, la reconciliación con Skay, la vuelta a un universo Redondo y de Ricota. Tuvimos que conformarnos con hologramas a distancia que, aunque el escéptico refunfuñe, nos hicieron vibrar de modo tal que el cemento del Velódromo todavía recuerda la huella indeleble de aquellos, no tan lejanos, saltos enajenados.

     El viernes 5 de junio el tiempo, la biología y lo inexorable (nunca su tan temida decrepitud) nos pegaron este piñazo irreversible y solo atinamos a pensar entre lágrimas: con lo que cuesta armar algún puto full. Tomamos conciencia de lo inconcebible y notamos que, por primera vez desde que formamos parte de esta tribu, la épica no pudo con la materialidad. La nostalgia fue melancolía, los espejos retrovisores se empañaron por la lluvia torrencial, el anecdotario hilarante devino invierno gris. Sin embargo, y aunque sintamos que hoy lo extraordinario vuelve a ser insulso y trivial, hay un espíritu, imposible de quebrantar, retumbando y llamándonos al orden, una voz de cacique agrupando a la tropa desde Algún lugar con Estrella: así que todos atentos. No se muevan ni se aflijan. Nada ni nadie podrá ponerle coto a este torbellino místico que hoy llora y mañana seguirá cantando.

Teléfono

(+598)98-888-452

Revista "Barro", Uruguay

E-mail

Logo Barro footer

Conectemos

  • LinkedIn
  • Instagram

2025. Todos los derechos reservados

bottom of page