El opio de las mentes
Nacho Gomes

El desprecio de muchos intelectuales se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece (...) la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza.
El fútbol a sol y sombra (1995). Eduardo Galeano.
Cuentan los sofistas disfrazados de socráticos que el fútbol es el opio de los pueblos. Algún narrador impertinente dirá, sin miedo a la represalia de los justos, que quienes esto aseveran sufren el opio de las mentes, temible narcótico que genera severa adicción al “pensamiento sobre la hoja en blanco”: razonamiento siempre ajeno al entorno e indiferente a los sucesos que ocurren a nuestro alrededor. Un conjunto de ideas tan severamente críticas como desconectadas de la tradición, lo sociocultural, lo sensorial y lo afectivo.
Las criaturas en cuestión, víctimas de esta patología, no tienen fines de semana ni feriados, pero suelen tener sus cinco segundos de fama cada cuatro años, llegado el mundial de selecciones. Allí dan rienda suelta a sus encendidos discursos con ítems específicos, obligados e innegociables: 1) violencia, 2) machismo y 3) negocio, entre tantos otros. Esta progresía de salón es la misma que se atribuye la autoría de una de las frase más trilladas, descontextualizadas y carentes de sentido que hayamos escuchado en la historia de la humanidad, del primate y del Tiranosaurio Rex: “Son solo 22 tipos corriendo atrás de una pelota”.
Como si la ecuación se redujese al verde césped, al arco, al esférico, a las tribunas y a los “inadaptados de siempre”. Como si nada tuvieran que ver los legados fervorosos, el anecdotario barrial, aquel domingo con tus viejos en Parque del Plata o el asado entre amigos cuando gracias a un golcito en orsai se produjo la unión más apretada y menos frecuente. Vos sos un tipo parco quizás y no recordás otra ocasión en que hayas exteriorizado algo más parecido al amor que aquel apretón furioso: así y todo, los drogodependientes de la ilustración despojada de todo lo demás gritan: ¡OPIO! Y acá no hay sarcasmo sino reflexión enternecida porque esta falopa es Dura, Muy Dura, y deja a las atormentadas elites permanentemente incapacitadas para pensar emociones o sentir pensamientos.
Según estos señorones ilustres todo lo que no sea 2+2 es colaboracionismo con lo espurio o apología del delito y por eso no hay manera de que esta actividad populachera e irrelevante sea legitimada por Los Cánones de Lo Medular. Un deporte tan pero tan expuesto a la contradicción, a la picadora de carne, al goce y a lo fortuito requiere disminuir, al menos por 90 minutos, la torrentosa libido filosofal que los distingue, cosa imposible en el mundo de la trascendencia pura y dura (tan dura como esta falopa) que ellos habitan. En esa enorme nube de aparentes buenas intenciones, visión esclarecida y apego a la moral nacional y global (más global que nacional).
El partido no arrancó, ni siquiera están tocando los himnos, pero hace rato te están comiendo el coco con que estás dándole de comer al sistema mientras la gente se muere de hambre. Después entonan el manifiesto de la corruptela de la FIFA como si el solo hecho de seguir cautivados por esta justa, ya legendaria, nos convirtiera automáticamente en tontos de capirote, cómplices de la matufia innegable e iletrados carentes de todo registro. Intentás que no te amarguen antes del primer whisky, pero están divinamente (es como una fuerza del más allá) aliados a la pesadez. Usted, estimado lector, sea bueno y recuerde que no son ellos: es la falopa de la exacerbación intelectual: Dura, Muy Dura.
Sin miedo a equivocarnos podríamos afirmar que esta pasta base de la clase bien pensante convierte la obstinación meditativa en un canto a la frivolidad donde Las Partes pierden de vista El Todo. Es un estupefaciente producido en las farmacias más eruditas del país y consigue crear ciegos convencidos, tuertos voluntarios y caminantes rengos; todo tipo de espécimen emperrado en vivir al 50% de sus posibilidades con tal de hacerse el desentendido ante el fenómeno de masas que tiene frente a sus narices. No se les pide que sean devotos de este deporte o aficionados fieles; aunque les haría bien un bañito de humildad y consecuente acto de reconocimiento a este sentir desbordante que pasa de generación en generación y excede largamente sus saberes enciclopédicos y prospectos civilizatorios.
Claro que la adicción es la adicción y siempre puede más. No se trata de falta de voluntad porque para ellos “querer no es poder”: este opio para eminencias es tan pero tan esterilizante que te reduce a lugares comunes y verdades de perogrullo muchas veces asociadas (arbitrariamente) al sentido común. Frases muertas pero pegadizas en las que el fútbol se transforma en chivo expiatorio de todos los males, secta estrambótica creadora de oprobio, terrorismo y misoginia. Son sentencias tan variopintas como repetitivas: así está la sociedad, son un mal ejemplo para la juventud, todo por patear una pelota, presión es tener que salir a laburar a las cinco de la mañana, la patria es otra cosa, no saben ni hablar, etc., etc., etc.
Secuestrados y secuestradas por la toxicomanía de dicha sustancia les resultará imposible comprender esta revuelta popular ya que, para tener alguna posibilidad de dar en el clavo, la primera medida a tomar sería transformarse en seres integrales. Abrir el espectro de todo lo que somos y todo lo que nos constituye como personas pensantes, pero también sintientes, instintivas, imperfectas, identitarias e incluso violentas. Con lo bueno y lo malo, aquello de lo que nos jactamos y aquello que preferimos olvidar. Irremediablemente permeados por la memoria y la cultura, expuestos a un imaginario mucho más grande que nuestras pobres individualidades con afán de notoriedad.
Llegado el momento de la verdad solo podremos ahuyentar este flagelo alucinógeno y, a su vez, analizar esta pasión de multitudes, de una sola forma: si sólo si abandonamos nuestra tendencia a la masturbación cerebral que, paradójicamente, nos impide el milagro del entendimiento. Tal vez espantando las vanidades y dándole tregua a nuestro sobreexigido disco duro podamos, al revés de lo que piensan muchos, entender un poquito más y no darnos de bruces contra lo irreversible. Porque como dijo uno de los tantos anónimos que pululan las redes sociales en clara alusión a lo que no se explica con ciencia y con Harvard: quizás un mundial también sea esa merecida pausa para que, inesperada y misteriosamente, se produzca el abrazo colectivo.
