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El misterio de las mil vidas

Por Nacho Gomes

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     Esta historia acontece en las inconmensurables llanuras de la pampa, mágica zona de mitologías que tanto echamos en falta. El dueño de aquella estancia kilométrica era Bautista Verdaguer; hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de terratenientes del suelo argentino. Don Bautista se cuestionaba todo el tiempo porque sentía tanta indulgencia y afecto hacia el sátrapa del viejo Florencio: vago, impuntual, improductivo, anárquico y desprolijo como ningún otro de sus disciplinados peones.

     Florencio era el único que llegaba tarde, con un aliento a bebidas espirituosas que volteaba, pero siempre con aquel libro grandote y rotoso en la mano. Borracho pero cultivado, enclenque pero firme, guaso pero profundo. Algo de aquel mejunje gauchesco encendía la fibra íntima del patrón y despertaba una condescendencia impropia del hombre que con eficaz impiedad reinaba en el comercio del ganado argento y rioplatense.

     -Intento entenderlo, pero juro que no puedo, Florencio.

     -Poder puede. No quiere, Don Bautista.

     -No, no. Le juro por mi santísima madre que no puedo.

     -Esfuércese más entonces.

     - ¿Qué es lo que pretende usté de mí?

     -Yo nada en particular. Descubrir las bandideadas de mi “yo” interior, llevar el pan al rancho y disfrutar mis ratitos libres con la gauchada.

     -Esta es la cuarta llegada tarde en una semana y no sé porque sigue trabajando acá.

     -Eso lo sabrá usté. Haga lo que crea conveniente.

     -Hace rato que viene metiéndole ideas raras en la cabeza a los compadres y solo me está trayendo problemas. La ganancia está bajando y esto no es una sociedad de beneficencia.

     -Usté necesita desesperadamente unos gramitos de imaginación, trompa.

     -Ya empieza a irse por las ramas. Deje los rodeos y explíquese.

     -Es que usté solo piensa en sus vacas, en sus ovejas y en su campo. Solo cree en lo que ve.

     -La única verdá es la realidá.

     -Eso es la doctrina, pero después de la doctrina hay vida, hay sobrevida, hay caña brasilera y hay bailongo del bueno.

     -Usté es un sotreta alérgico al trabajo y le gustaría ser fiolo. Esa es la única verdá de todo ese palabrerío barato que le andan enseñando, sabrá Dios donde. Y yo no entiendo porque lo quiero, Florencio; pero Lo Quiero, siento un cariño medio inexplicable por usté. Me gustan sus disparates, sus charlatanerías, sus sinverguenzadas…

     -Es probable que la respuesta esté frente a sus narices y no la vea. Tal vez, muy en el fondo de su alma decrépita, también quiera arrimarse a la vida de las mil vidas.

     -Y encima me llama decrépito. ¿Usté que propone? ¿Dejar todo lo que tanto sacrificio costó e irme a vivir las mil vidas? ¿Eso propone su insensatez?

    -Le está costando la hermenéutica, trompita.

     -No sea fanfarrón y hable en castellano.

     -El arte de interpretar, Don Bautista. Y hágale caso a este gil: no crea tanto en la sensatez que esa anda sobrevalorada y sirve de a ratitos nomás.

     -Sensatez es lo que se precisa pa mantener un imperio de alta alcurnia, un legado familiar de siglo y medio y chiquicientos millones de hectáreas, mi viejo.

     -Pa lo que le sirven.

     -¿Cómo pa lo que me sirven, atrevidaso? Sirven pa gobernar, pa dominar. Pa la famosa hegemonía de esa que hablan ahora en la ciudad cuando quieren hacerse los finolis.

     -Entonces usté es pura voluntad de dominio, trompa. ¿Y la vida? ¿Y la sobrevida? ¿Y la caña brasilera? ¿Y el bailongo del bueno?

     - Nunca había tenido un pión discípulo de Don Cervantes, Florencio y reconozco que, además de ser pesadaso, es original como usté solo.

     -Ahhhh, vió como la pionada no deja de sorprenderlo.

     -Pero dígame una cosa porque a mí me mata la curiosidad; ¿en qué momento aprende toda esa alharaca inútil si supuestamente pasa el día trabajando de sol a sol?

     - ¿Acaso no siempre es buen tiempo pal saber?

     -Pal saber y pa andar hablando de reclamos salariales y condiciones dignas a la pionada.

     - ¿Acaso no debemos conocer nuestro derecho a ser?

     -Más acción y menos discurso, Florencio.

     -En la inacción suceden cosas y no se imagina cuantas, trompa.

     -¡Piense un poco en su vida, atarantao!

     -El lenguaje es pensamiento.

     -¡Que lo tiró, Florencio! Usté tiene repregunta y respuesta pa todo. Pero qué gaucho más emberretinao. Ni el Socrate aquel rompía tanto la paciencia.

    -Pero si es usté el de los chiquicientos millones de hectáreas, la alcurnia y el legado de siglo y medio. ¿Y yo soy el emberretinao? Su alma decrépita está necesitando las mil vidas, trompita. No hay de otra.

     -Y otra vez con la decrepitú, Mijo. Pero si solo tengo 37 años y usté 60. Yo soy rico y usté pobre. Yo jefe, usté empleado. Yo joven, usté viejo. Pero mire que tiene bríos este pion discípulo del Don Cervantes eh.

     -La decrepitú es un estado del alma. Hágase un bien y vea más allá del lomo que se va a quedar bizco, trompita.

      -Pero si es usté el de los chiquicientos millones de hectáreas, la alcurnia y el legado de siglo y medio. ¿Y yo soy el emberretinao? Su alma decrépita está necesitando las mil vidas, trompita. No hay de otra.

     -Pa nada. Mi alma es ingobernable nomas.

     -Y encima ahora me sale con la política. De Guatemala a Guatepeor. Cervantes se la llevo, pero al barbudo comunista alemán no llega mi paciencia, malandro, así que sepa ubicarse que el horno no está para bollos. Me sigo preguntando porque lo quiero, Florencio. ¿Por qué hasta disfruto de esta zoncera intrascendente en la que me sumerge?

     -Me quiere porque ahorita mesmo, sin darse cuenta, está viviendo las mil vidas a las que nunca se animará; aunque despotrique y siga prendido a la teta sin sabor. El Hidalgo ha aterrizado en Algún Rincón de la Estancia llevándolo de recorrida inhóspita por sus enigmas inveterados e imposibles de resolver, desplegando su arsenal de novelas de caballería, aventureras y épicas, y usté, trompita, solo atina a pensar que el Hidalgo era un loco de la guerra digno de enchalecar.

     -Me quiere porque ahorita mesmo, sin darse cuenta, está viviendo las mil vidas a las que nunca se animará; aunque despotrique y siga prendido a la teta sin sabor. El Hidalgo ha aterrizado en o y la pala de una buena vez que del aire no vive el hombre, ni la mujer, ni los críos.

     -No hay caso, Don Bautista. El problema no es que no haya peor ciego que el que no quiere ver; es que no hay peor sordo que el que no quiere leer.

     Patrón y Pión tomaron caminos opuestos; uno hacia el confortable rancho y el otro a seguir sudando la gota gorda. Don Bautista siguió pensando en su falta de rigor producto de la estima irracional hacia semejante pánfilo. Pero, muy a su pesar, también pensó en lo que no se explica, en el bailongo y la sobrevida, en eso de que “en la inacción suceden cosas”. Florencio se las tomó antes de horario y sin previo aviso, como casi todos los días de su existencia, con el firme propósito de seguir descubriendo el misterio de las mil vidas como se pueda, contra viento y marea, a los ponchazos; como su estimado héroe al que muchos han intentado volver antihéroe.

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