El Circuito
Por Nacho Gomes

Ya pasada la mitad de la vida, llegando al milenario bar de Agraciada y Tapes, hay dos preguntas que los parroquianos me reiteran con insistencia: 1) Cuando voy a publicar y 2) Cuando voy a entrar en el circuito. Lo llaman así. Como un ente abstracto al que se debe aspirar cuando se llega a la madurez profesional y emocional: El circuito. Como una suerte de redondel virtuoso (o vicioso) que debemos transitar si o si, una bandera a cuadros que hay que cruzar para seguir estando socialmente vivos. En general mi respuesta es el aburrimiento, el sopor, el bostezo. No puedo articular palabra cuando todas esas sensaciones se apoderan de mi mundo interior…y exterior porque mi cara habla, aunque tantas veces quisiera callar.
Más allá del fastidio inocultable producido por el lugar común, en ocasiones puntuales dichos cuestionamientos me hacen reflexionar. Entonces repito para mis adentros como un loro ensimismado: el circuito, el circuito, el circuito. Intento darle entidad al ente abstracto y busco nuevas respuestas en honor al espíritu de Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, de la Academia Nacional de Letras, de los yoruguas afrancesados, del Conde Isidoro cuya aura aún sobrevuela Ciudad Vieja, de los eternos modernos que iluminan Montevideo, de las editoriales aggiornadas o violadas, siempre dependiendo el cristal con que se mire. Busco, a como dé lugar, darle trascendental naturaleza a lo que para mí es naturalmente intrascendente, intento hacer de una minucia algo medular, darle vuelo al ras del piso y transformar en salud mental de los orientales a un loquero lleno de egocéntricos.
¿No pude? ¿No quise? ¿No me da la nafta? ¿De todo un poco como en botica? Pienso porque sigo en esta podrida vaina de la escritura tantos años después sin siquiera haber intentado arrimarme al fogón, pienso en los lenguajes inconvenientes que aún subyacen en mi imaginario sedicioso, pienso si soy un simple rebelde con causas dudosas o un hombre carente de autoestima que evita confrontar con la crítica despiadada de sus pares o un perdedor nato que se niega a la competencia con los competidores proactivos. Llega un punto en el que incluso medito sobre las bondades del progreso…y del circuito, claro. Los concursos, los talleres, las bendiciones del MEC, las legitimidades que deslegitiman, el coloquio soba lomos, los señores que cuentan en base a pautas formales, las señoras que narran en base a reglas ajenas, los esclavos que divulgan (o trafican) con traiciones esenciales, pero siempre en Times New Roman.
Juro y perjuro que persisto en la autocrítica. Me vuelvo a preguntar porque correrle la cara a la ventura, a la mansedumbre, a la posteridad. Pongo en marcha las costumbres de los otros, los sueños del resto, las ilusiones de los ángeles exitosos. El cronograma de la dicha, los quehaceres de los felizmente adaptados; sin embargo, todo se me resiste como aquella pelirroja tetona de mi primera juventud. Necesito, como al aire que respiro, empatizar con el milagro de la torre de marfil e intento convencerme del fracaso que es mi existencia, rodeado de esta manga de beodos que ni siquiera se animan a cambiar de bar. Pero sucumbo en el intento y no logro convencerme de tal derrota, aunque quiera, aunque busque con desesperación el porqué de mi ángel desangelado.
Al revés de lo pretendido mi alma cocorita es solo desprecio, sigo hallando estériles las preguntas del principio, las requisas, lo que me reclama y demanda (implícita o explícitamente) la gente bien nacida de la patria. Me cuestiono qué haría Bukowski en la lectura de sus poemas, borracho y rodeado por tanto reino de los cielos. E igual que al principio, como en el redondel virtuoso (o vicioso) del circuito, vuelvo al aburrimiento, al bostezo, al sopor, a ese estado de somnolencia producto del desinterés inflexible. Nada me es familiar ni cercano naufragando en ese anhelo mundano. Las extremidades se me hielan, añoro la verborragia lúdica, patino en la mermelada de la vanidad ilustrada.
Por fin cedo, desisto y mi alma vuelve al bar con los degenerados de todas las horas. No sobre pienso lo pensado, acepto, claudico, me aflojo, ya sin buscar a quien no soy en una Casa Tomada por el espíritu omnipresente de los Bienpensantes. Pasa la nube y me subo, la musa díscola relampaguea al ritmo del Pepe y el Braulio, miro por la ventana a ese gurí que agarra de la falda a la abuela en la parada del 149 y pienso: hay algo ahí, en ese imperceptible movimiento del purrete travieso. Algo que casi nadie ve, pero yo puedo intuir y dejo a la intuición juguetona ir hasta el blog de notas del celular. Pa no olvidarme, pa que la historia siga, pa que la intertextualidad se redescubra. Hay algo ahí, repito como fiera enjaulada. No es el prestigio. No es el status. No es el circuito. Hay algo ahí.
