El amor en tiempos de optimización
Eugenio Comas
"Cuenta la leyenda que cuando Florentino Ariza vio por primera vez a Fermina Daza, perdió el habla, el apetito, y empezó a sufrir cagantinas verdes y desmayos repentinos. Su madre, aterrorizada, creyó que había contraído el cólera. Tenía razón en el diagnóstico, solo se equivocaba en el agente patógeno: lo que había enfermado a Florentino era el amor, esa otra peste" (García Márquez, 1985, p. 72).

El amor en los tiempos de optimización
"Cuenta la leyenda que cuando Florentino Ariza vio por primera vez a Fermina Daza, perdió el habla, el apetito, y empezó a sufrir cagantinas verdes y desmayos repentinos. Su madre, aterrorizada, creyó que había contraído el cólera. Tenía razón en el diagnóstico, solo se equivocaba en el agente patógeno: lo que había enfermado a Florentino era el amor, esa otra peste" (García Márquez, 1985, p. 72).
García Márquez fue esencialmente un periodista, un cronista al cual le quedaba chica la realidad de su época. Encontró en la literatura el procedimiento perfecto para embeber la realidad de aquel pensamiento mágico que alguna vez hizo de esta tierra un paraíso perdido. El amor en los tiempos del cólera es la crónica de un tiempo donde el amor se muestra imposible, donde el otro permanece siempre como misterio irreductible, como reunión que se pospone cincuenta años. Sus personajes nos recuerdan aquello que ya sabía el profesor Keating en la Sociedad de los Poetas Muertos: “que la poesía, la belleza, el romance y el amor son aquello para lo que estamos vivos” (Weir, 1989)
Todos los amores del libro son fatídicos, destinados a perdurar en la lucha agónica contra escenarios hostiles. En el olvido de una ciudad que alguna vez fue célebre e importante, las vidas de los personajes se pasean como entramados fatuos, condenados a la desidia o sostenidos apenas por el candor de sus pasiones. La crónica va de amores de contrabando y pasiones secretas, imposibles, las más reales en un tiempo donde el horror que dejó el progreso no cabía en los discursos oficiales del poder. El amor aparece siempre como una partida perdida de ajedrez, jugada de todas formas con fervor.
La imposibilidad como condición
Cien años después del tiempo de las grandes pestes del cólera y los amores que relata la novela, Sztajnszrajber (2021), en El amor es imposible, y Han (2014), en La agonía del eros, tratan la angostura de las relaciones afectivas en el mundo hipermoderno, su fetichización mercantil y lo intangible de su pérdida.
Han (2014) diagnostica que vivimos en una sociedad del rendimiento donde hasta el amor se ha vuelto pornográfico. La pornografía, dice Han, no es solo el exceso de sexo, sino "la eliminación del secreto, del misterio, de la escena" (p. 15). El eros agoniza porque hemos eliminado la negatividad, la extrañeza del otro. "El otro desaparece como fantasía, como escenario del deseo" (Han, 2014, p. 17). En su lugar aparece el proyecto narcisista de un yo que solo busca variantes de sí mismo en el mercado infinito de variantes acondicionadas por los algoritmos al gusto medio del usuario.
Sztajnszrajber (2021) aborda la paradoja central: la imposibilidad no es un defecto del amor, sino su condición de posibilidad. Siguiendo a Lacan, señala que "el amor es dar lo que no se tiene a quien no es" (p. 48).
El otro es radicalmente otro, irreductible, opaco. Nunca lo conocemos del todo, nunca lo poseemos completamente. Esa distancia, esa brecha ontológica, es precisamente lo que sostiene el deseo. "El amor es imposible porque el otro no existe como yo lo imagino. Y es posible precisamente porque nunca lo alcanzo del todo, porque siempre queda algo por descubrir" (Sztajnszrajber, 2021, p. 63).
Pero aquí aparece otra paradoja que Sztajnszrajber (2021) señala con agudeza: la condena del amor romántico no nos ha hecho más libres. Las olas feministas, el poliamor y los discursos actuales revientan con razón las mitologías opresivas del amor romántico tradicional, problematizan la monogamia compulsiva y la violencia que escondían. Nuestra generación fue diagnosticada con un exceso de Disney y comedias románticas que ocasionó tristeza y frustración. Y sin embargo, como advierte Han (2014) siguiendo a Bauman, la era actual es también la del amor líquido, los vínculos fugaces y la compartida pérdida de cierta hondura antigua en los lazos afectivos. "La negatividad del dolor es eliminada en favor de la positividad del placer" (Han, 2014, p. 29). Resultado: vínculos sin riesgo, encuentros sin compromiso, una "libertad" que es apenas consumo serial de experiencias.
Las sociedades hipermodernas producen individuos hiper autónomos navegando una multiplicidad infinita de perfiles, gustos, opciones. El FOMO y un mercado de cuerpos y experiencias sin fin hacen de la sociedad actual un terreno áspero y hostil para el amor que alguna vez soñaron los griegos.
Han (2014) es lapidario: "Hoy el otro como misterio cede su lugar al otro como objeto de consumo" (p. 33). La app de citas convierte al otro en mercancía, en perfil optimizable, en match algorítmico. La abundancia mata el deseo. "La masificación del 'me gusta' en Facebook disuelve el amor en un consumo sin consecuencias" (Han, 2014, p. 35). El capitalismo emocional nos ha vendido la fantasía de que podemos tenerlo todo, sin dolor, sin riesgo, sin espera. Sztajnszrajber (2021) complementa: el amor duele porque te saca de tu zona de confort narcisista. "Amar es aceptar que el otro me transforme, que me desarme, que ponga en crisis mi identidad" (p. 89). El encuentro erótico genuino es violento en el mejor sentido: me obliga a salir de mí, a habitar la incertidumbre, a sostener la tensión de una pregunta sin respuesta. ¿Quién es realmente el otro? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué seré yo después de este encuentro?
Eros como tensión dialéctica
Las antiguas enseñanzas sobre el amor nos recuerdan que su naturaleza es anfibia. Eros es hijo de Poros (la abundancia) y Penía (la carencia), un daimon que media entre lo humano y lo divino. Esa distancia entre el amante y el objeto amado será siempre irreductible, siempre percibida como ausencia. La incertidumbre y el peligro del otro (su otredad absoluta) son precisamente lo que hace de la experiencia erótica una tensión que remueve el status quo de la persona y la impulsa hacia la metamorfosis.
Candiotto (2024), en su trabajo "Eros In-Between and All-Around", desarrolla desde la filosofía enactiva esta idea del amor como tensión generativa. Para Candiotto (2024), el eros habita el espacio "entre" los amantes, creando un campo de sentido participativo donde ambos se transforman mutuamente (p. 4). Cita a Deleuze: nunca deseamos a una persona aislada, deseamos "el paisaje entero que está envuelto en esa mujer", su mundo, sus formas de habitar el tiempo (como se citó en Candiotto, 2024, p. 7).
Este "entre" es el lugar donde la fuerza del eros trabaja como tensión dialéctica encarnada. Los amantes no solo se encuentran: generan significados juntos, construyen mundos compartidos, participan en el devenir mutuo. El amor cultivado requiere sostener ese espacio intermedio, esa distancia que permite el movimiento, la respiración, el ir hacia el otro y volver a sí mismo.
En un mundo donde el mercado lo llena todo de información, donde la incertidumbre está exiliada de la vida y la inseguridad ocasionada por la atracción erótica es catalogada como enfermedad, el encuentro genuino con el otro se vuelve casi imposible. La psicología positiva y el positivismo tóxico convierten cualquier duda, cualquier dolor, en un despropósito a erradicar. El amor propio se predica más que el amor hacia ese otro incierto.
Han (2014) denuncia esta "dictadura de la positividad": "La sociedad positiva evita toda forma de negatividad porque la negatividad hace más lenta la comunicación. El dolor, el sufrimiento, el duelo son estados negativos que hay que eliminar" (p. 44). Resultado: una sociedad de antidepresivos, coaching motivacional y autoayuda que promete felicidad sin lágrimas, amor sin sufrimiento, placer sin riesgo. Pero el eros, insiste Han (2014), requiere la negatividad del otro, su extrañeza, su opacidad. "Solo la negatividad del otro puede sacarnos de la prisión narcisista del yo" (p. 46).
Y sin embargo, el amor siempre escapará a cualquier captura calculadora. Como señala Sztajnszrajber (2021) retomando a Lacan: el amor no es fusión, no es completud, no es "encontrar tu media naranja". Es sostener el deseo en la imposibilidad, mantener viva la pregunta, habitar la falta. "El amor no cura la soledad existencial, la hace más profunda, más consciente, más compartida" (Sztajnszrajber, 2021, p. 112).
La peste y la finitud
La novela de García Márquez (1985) cuenta amores imposibles, casi míticos, en una época donde enfermedades como el cólera seguían siendo epidemias que azotaban ciudades enteras. Las pestes aún eran eventos mundiales, aunque en retroceso por el avance de la ciencia médica.
Vivimos en una época donde la farmacología tiene respuesta para todo, donde las enfermedades no ocasionan los estragos de antes. La salud del hombre se ha vuelto mandato y religión: comida orgánica, ejercicio, lucha contra el envejecimiento. El ser humano contemporáneo es obsesivo con su propia salud, su propia optimización. Y sin embargo, la pandemia de 2020 nos demostró que lo biológico puede aún asolar una ciudad, que la vulnerabilidad humana y la finitud siempre regresan, más allá de los pronósticos más utópicos.
Esta vulnerabilidad, esta incerteza y finitud son precisamente las condiciones existenciales de una experiencia erótica valedera. Cyrulnik (2007), en De cuerpo y alma, señala que el apego seguro —aquel que permite resiliencia y una relación armoniosa con el mundo— se configura precisamente en la dialéctica entre el peligro y la seguridad, entre el dolor y el consuelo (p. 58). Los orígenes de la felicidad en nuestro cerebro y en nuestra historia más íntima están demasiado cerca del dolor, del miedo. Y sin embargo, solo aquella dialéctica podría engendrar un ser tan misterioso y bello como Eros.
El fantasma y la espera
Nunca nos enamoramos de una sola persona. Nos enamoramos de sus fantasmas, de la bruma de misterio que se eleva cuando posamos nuestros ojos en ella, de los fantasmas que crean nuestros propios ojos y nuestro pasado. Y además, jamás terminamos de entender muy bien a la persona, no hablemos de verla como ella querría ser vista. El amor es un campo escarpado, peligroso y monstruosamente imaginario, igual que la guerra y el mundo.
La historia de El amor en los tiempos del cólera (García Márquez, 1985) gira en torno a Florentino Ariza y su amor desventurado de toda una vida por Fermina Daza. Alrededor de su fervor amoroso y su fidelidad imposible, Florentino cosecha y cultiva una miríada de amores menores que acompañan los derroteros de su existencia. El núcleo, sin embargo, es ese amor platónico en la más correcta de sus acepciones.
Siguiendo los pensamientos de Sztajnszrajber (2021), en el amor su imposibilidad es tan esencial como su posibilidad. Es un binomio potente que mantiene al alma en vilo y la compele hacia su metamorfosis, como decía Sócrates en el Banquete. Los amores del libro acompañan el envejecer de Florentino, sus encuentros de cazador solitario son alicientes, bálsamos que lo sostienen en su larga espera por Fermina Daza.
La espera misma se vuelve forma de vida, modo de habitar el tiempo. Florentino espera cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. Algo que hoy, en la época del swipe instantáneo y el ghosting, parece de otra galaxia. Han (2014) diría que Florentino practica una forma de eros que nuestra época ha perdido: la capacidad de esperar, de diferir, de sostener la tensión del deseo sin consumirlo inmediatamente. "El eros necesita duración, narrativa, paciencia. Todo lo contrario de la pornografía, que es pura repetición, pura presencia sin pasado ni futuro" (p. 51).
En ese tiempo Florentino construye una compañía de barcos fluviales, tiene 622 relaciones largas y aventuras incontables. Pero todo eso es superficie sobre un fondo inmóvil: el amor imposible por Fermina, ese horizonte que organiza su existencia entera. Sztajnszrajber (2021) lo explicaría así: Florentino no ama a Fermina "a pesar" de la imposibilidad, sino "gracias" a ella. La distancia, la falta, la ausencia son el motor del deseo. Si la hubiera poseído a los veinte años, ese amor habría muerto de éxito.
La bandera del cólera
Al final de la novela, cuando Florentino y Fermina (ambos ancianos) se reencuentran en un barco fluvial y consuman por fin su amor, el capitán iza la bandera amarilla del cólera para que nadie los moleste (García Márquez, 1985, p. 467). El barco navega eternamente río arriba y río abajo, llevando su bandera de peste, manteniendo alejados a todos los demás. Es una imagen perfecta: el amor como cuarentena voluntaria, como aislamiento del mundo para sostener un espacio donde dos personas puedan por fin encontrarse.
Candiotto (2024) diría que han cultivado ese espacio "entre" ellos, ese campo de sentido donde pueden participar mutuamente en sus devenires (p. 12). Han (2014) agregaría que han recuperado el eros contra la pornografía: han creado un espacio cerrado, secreto, opaco al mundo. "El eros necesita el espacio protegido de lo íntimo, el asilo donde el alma puede desnudarse" (p. 57). La bandera amarilla es el símbolo perfecto: proclama públicamente su derecho a la opacidad, su rechazo a la transparencia obscena de nuestra época.
Y Sztajnszrajber (2021) señalaría la paradoja final: el amor se consuma precisamente cuando ya no hay futuro, cuando la muerte acecha, cuando los cuerpos están viejos y marchitos. "El amor verdadero es el que acepta la finitud, la vejez, la muerte del otro. No ama un ideal abstracto sino esta carne particular, este cuerpo que se deteriora, esta persona única e irrepetible" (p. 134).
Aceptar la vida con toda su finitud, con toda su incertidumbre, la soledad y el miedo que esta experiencia siempre depara, es quizás la condición más perfecta para aprender a amar en esta tierra. El amor cultivado requiere sostener la tensión, habitar la imposibilidad, navegar bajo la bandera del cólera. Requiere entender que el otro permanecerá siempre como misterio, que la distancia es constitutiva, que la vulnerabilidad es condición de posibilidad.
En tiempos donde todo se optimiza, se calcula, se transparenta, donde la incertidumbre es pecado y la vulnerabilidad es debilidad, García Márquez (1985) nos recuerda que el amor es esa otra peste que nos enferma de manera necesaria. Que la fiebre y las cagantinas verdes son síntomas de estar vivos, de estar abiertos al otro, de sostener esa tensión dialéctica que nos transforma.
Han (2014) concluye su diagnóstico con una frase devastadora: "Hoy el amor degenera en sexo y el sexo degenera en pornografía" (p. 63). Pero también deja abierta una posibilidad: recuperar el eros significa recuperar la capacidad de ser herido por el otro, de sufrir por el otro, de entregarse sin garantías. "El eros es una relación con lo totalmente otro, con lo que está más allá del ego" (Han, 2014, p. 65).
Sztajnszrajber (2021), más optimista, sugiere que reconocer la imposibilidad del amor es liberador: nos libera de la fantasía de completud, de la ilusión de "vivir felices para siempre". "El amor es imposible, sí, pero esa imposibilidad es lo que lo hace infinito. Porque nunca termino de conocer al otro, siempre hay algo más por descubrir, siempre hay un resto que escapa" (p. 147).
El amor, como el cólera, es contagioso, peligroso, muchas veces fatal. Y como el cólera, es también profundamente humano, parte ineludible de nuestra condición mortal. Quizás por eso García Márquez eligió ese título: para recordarnos que en los tiempos del cólera (es decir, siempre, en cualquier tiempo marcado por la vulnerabilidad y la muerte) el amor permanece como esa fuerza que nos enferma, nos transforma, nos mantiene vivos. Precisamente porque nunca nos deja instalados, nunca nos permite la comodidad del yo encerrado en sí mismo, nunca nos ahorra el riesgo de salir al encuentro del otro.
Referencias
Candiotto, L. (2024). Eros in-between and all-around. Human Studies. https://doi.org/10.1007/s10746-024-09720-x
Cyrulnik, B. (2007). De cuerpo y alma. Gedisa.
García Márquez, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. Oveja Negra.
Han, B.-C. (2014). La agonía del eros. Herder.
Sztajnszrajber, D. (2021). El amor es imposible. Paidós.
Imagen de portada: Hang the DJ" de la serie Black Mirror, dirigido por Tim Van Patten (Netflix, 2017). Uso con fines de análisis académico y crítico.
