Diablitos de Setiembre
(y de la emboscada de nuestro pobre Lordcito a manos de insolentes extraños, de una revelación sorprendente y demás acontecimientos de suma o ínfima importancia)
Lord Petit Maître

(En el capítulo anterior nuestro noble héroe, al retirarse de la Corte Electoral bajo la negativa de otorgarle documento, se vio ofendido y vilipendiado por un desconocido que supo desaparecer sin rastro. Pero luego otro día dicho sujeto apareció por el kiosko, nuestro hombre lo reconoció y emprendió una persecución en pos de él que lo llevó a la puerta de nuestra querida Facultad de Humanidades & Artes. Pero cuando se dispuso a ingresar fue emboscado y detenido por quienes se revelará a continuación.)
Luego de que aquellos sucios bellacos me pusieran las manos encima y me separaran de mi bastón (era un bastón-espada), mi cabeza fue cubierta con una capucha. Decidí gritar pero a nadie pareció importar mis lamentos. Sentí que me llevaban en andas por pasillos donde veía la luz intermitir a través de la tela negra y luego unas escaleras muy largas que descendían hacia el inframundo. Pudo llegar a mí el olor de la humedad y de cierto líquido excrementicio expelido por algún roedor tamaño baño.
De pronto sentí una puerta que se abría y me sentaron de golpe en una silla, me ataron las manos hacía atrás en el asiento y allí me dejaron un breve período de tiempo en que elucubré sobre diversas materias y disciplinas, resolví la hambruna mundial y diversifiqué aquel negocio que había planeado para abrir la red de quioscos que vendieran la revistita de mi estimado vasallo. Si sobrevivía a este secuestro, se la comunicaría al “pibe” con todo gusto y sabía que me seguiría en tal empresa; juntos éramos imparables, como aquel empleadillo panzón y su noble patrón, gladiador de molinos.
Fue en ese momento que sentí pasos y la puerta que detrás mío se cerró. Me quitaron la capucha y pude ver a dos hombres gemelos vestidos con ropajes como los míos; con bastón, bigote finamente rasurado y peruca à la binette. La emoción y las lágrimas acudieron a mi rostro, y me quise parar inmediatamente para abrazarlos, pero los guardias me empujaron desde los hombros hacia abajo, haciendo que mis cuidadas posaderas se reventaran contra el duro asiento.
—¡Ay! ¡Brutos!— exclamé. ¿Y ustedes? ¿Quiénes se han creído que sois? Cacatúas de morondanga, pensé que erais de los míos. Pensé que veníais a salvarme el pellejo de este agujero en el que quedé metido sin saber cómo ni por qué.
—Bien sabéis por qué, dijo uno de ellos. Robasteis la máquina del tiempo que Sir Roderick de Colespierre había mandado inventar y te trajisteis hasta este siglo.
Mi sensación al escuchar aquello fue de total estupefacción y extrañeza.
—¿Cómo dice?
—¡Ya lo oísteis, pelafustán! Dijo el otro, y me asestó una bofetada que hizo que mi propia peruca quedara girando sobre mi cabeza.
Acto seguido, mis cálidos anfitriones me sacaron del cuartucho y me llevaron a través de una puerta contigua, donde me tiraron al suelo sobre una sala enorme y oscura. Cuando encendieron las luces y levanté mi noble testa, pude ver un trineo de bronce similar a un carruaje inmenso sin ruedas ni caballos de tiro, con una cúpula de cristal que cubría el habitáculo del vehículo. Los detalles del ornamento con terminaciones de coup de fouet daban cuenta del trabajo quirúrgico de un gran artesano del hierro.
—Estamos buscando saber dónde escondiste el tubo de cromo-mercurio.
—Pudimos venir en esta— dijo el otro— pero no sé si podremos volver. Ese tubo asegura viajes múltiples en el tiempo, porque da elasticidad a la cuarta dimensión al evaporarse. Además, sin ese tubo, se generan… anomalías en los pasajeros que viajen en ella.
—Vaya que tenéis un lindo viaje, caballeros —dije— de ese opiáceo que estaréis tomando. Recibí por respuesta una patada en las costillas.
—¿De qué tipo de anomalías estamos hablando? —lancé cuando pude respirar, luego del golpe. ¿Cuales causó en ustedes, si puedo saber? A menos que el retraso o la malformación no se vea a simple vista…
—Se ve a simple vista; yo viajé solo— dijo uno de los gemelos.
—Ah…
—Usted robó a Sir Roderick una máquina igual a ésta, pero se llevó consigo ese artefacto precioso. Queremos que nos diga dónde está o le mataremos.
—Mire, yo no recuerdo muy bien cómo llegué a este siglo, espero que no por voluntad propia; de lo contrario me vería forzado a cercenar de a una mis dos glándulas sexuales, que tienen forma oval y que segregan los gametos, con una sierra desafilada. No podría soportar vivir conmigo mismo sabiendo que me sometí sin objeción alguna a venir a vivir a esta tierra y a esta era en desgracia.
En ese instante se escuchó un ruido tras ellos y la puerta se abrió. Pude ver al tipejo que me había faltado el respeto dos veces; ahora tres. El del insoportable temperamento y los aires de grandeza.
—¡¡Cómo anda, queridísimo amigo!! ¡¡Qué gusto me da verlo! Usted me salvará de este entredicho rapaz en que quieren inmiscuirme estos loables, aunque algo burdos, caballeros.
Pero cuando lo quise tocar, el tipo se apartó, permaneciendo en silencio.
—¿Y qué gana usted con esto, si se puede saber, señor…?
Silencio.
—¿Puedo conocer el nombre de mi captor?
—Sir Roderick Bullridge de Colespierre.
—Bueno, antes que nada, déjeme decirle que creo que entiendo por dónde viene la gresca… pero creedme, yo nunca conocí a su tatatatatatatatarabuelo.
Entonces recibí otro golpe en el abdomen, pero del bastón de uno de los gemelos; no supe si del original o del otro.
—Reconocí al instante— dijo Sir Roderick, rodeándome y dirigiéndose hacia la máquina— que usted no era de este siglo. Por eso lo seguí aquella noche. Yo pretendía que luego usted me siguiera a mí y no fue muy difícil lograrlo, ya lo ve.
—¿Podéis ver entonces que supe cooperar? Me dejé capturar en orden de que supierais que yo no tengo nada que ver en este asunto. Ahora dejadme ir, le suplico. ¡No sé nada sobre ninguna máquina ni ningún viaje en el tiempo! Se imagina que me es más conveniente que me degüellen que seguir viviendo en este siglo; pero no puedo inventarle sobre algo que no sé o al menos no recuerdo. Lo del degüello es un chascarrillo, leedlo en sentido simbólico.
—Ahí está la clave, ¿ve? Seguramente no lo recuerde.
—¿Y cómo está tan seguro, caballero?
—El viaje en el tiempo con el tubo cromo-mercurio puede tener, como efecto adverso, la obliteración de alguna parte de la memoria. Mi antepasado no pudo descifrarlo y por eso no se animaba a viajar.
—Bueno, no sabéis cuánto lo lamento. En fin, debiera volver a mi puesto, porque tengo un negocio que atender… siempre he sido un incansable trabajador, que obra en pos del bien colectivo.
—Ajá…¿quiere que le diga quién fue Lord Petit Maître en el siglo en que mi abuelo descubrió el viaje al futuro con cromo-mercurio?
—Uf, ¡no me diga, no me diga! Me imagino que no fue poca cosa, ¡me atrevo a esgrimir! Debió ser el inventor del cromo, o del mercurio, incluso. Un nombre ilustre que ha de haber resonado fuerte en la memoria de los hombres…
—¡Fue un bribón, una escoria!
—Pero ¿cómo, caballero? Debió haber sido el creador de…
—¡Creador del hampa, si es que creó algo alguna vez! ¡Un ladronzuelo de poca monta que una noche se escabulló en el laboratorio de Sir Roderick de Colespierre y activó la máquina!
—Bueno, señor. No os irriteis, pensemos con claridad. Yo, a decir verdad, no conozco a ese tal Lord, pero si lo conociese, quizá alegaría que no fue su intención damnificar en forma alguna a vuestro pariente. ¿No vio que hoy existen los aparatos esos en que uno calienta el alimento?
—¿Los microondas?
—¡Eso! He aquí una teoría congruente que puede oficiar de panacea para todo este problema, pero eso sí, después de esbozarla, me retiro con sumo pesar. De repente, se me ocurre que ese tal bribón tan sólo quiso calentar su triste comida fría, ya que era de bajos recursos, como usted insinúa, habrá pensado que esa máquina tan poco llamativa era un microondas y bueno…
—Espere…¿usted dijo que no es Lord Petit Maître?
—Eh, no, claro. Es lo que estoy tratando de hacerle entender. Mi nombre es… Séptimo… Mandralho der… housen.
—¡Ahh! ¡Disculpe, señor Séptimo! ¡Déjenlo ir! Mil disculpas le pido!
—No, no es nada, todos tenemos días malos, caballero. En fin, os doy licencia para llamarme cuando quieran, que me interesa rememorar y evocar aquel nuestro noble siglo.
—¡Pero cállese y quédese ahí! ¡Se piensa que soy estúpido!
—Bueno, no me tiente a responder, caballero.
—¡Tráiganlo acá!
Los gemelos me agarraron y me empujaron hacia la máquina.
—Mire, no me deja mucha opción. Si usted no es Lord Petit Maître, de igual forma ese granuja no puede andar muy lejos. Y usted, como ya vemos, no pertenece a este siglo, así que lo que corresponde es que retorne al suyo. Así que tendremos que mandarlo para allá.
—No, no, espere. Déjeme pensarlo. ¿Qué le parece si llenamos unos formularios? ¡Exijo garantías!
—Ya sabe que no las hay, señor Mandralho der housen—decía Sir Roderick, mientras sus secuaces me empujaban hacia la máquina.
—Me corrijo; las habría, si usted pudiera decirnos dónde está el tubo cromo-mercurio. De verdad es una lástima que no recuerde, pero quizás un viaje de regreso le haga recordar. Dele mis saludos a Sir Roderick Colespierre. Leí en los diarios de mi antepasado que han pasado de generación en generación lo mucho que anheló lograr dar con usted, para finalmente darle su merecido. Calculo que ahora habrá otra oportunidad de que salde su deuda.
—Pero esperad, ¿eso no altera algún orden temporal? ¿O no habéis visto “Volver al futuro”?
—Ah, es cierto. ¡Esperen! Es cierto, detengan todo, déjenlo ir. No podemos hacerlo, apaguen todo. No, mentira, continúen, me importa un bledo alterar el pasado. ¡Lo único que quiero es que me diga dónde está el tubo cromo-mercurio, rufián insoportable!
—¡Y dele y dele con eso, yo no sé nada de eso! ¡Yo no robé nada a nadie! Bueno, quizá robé alguna vez, pero habrá sido un mendrugo o alguna mandarina a lo sumo, vuestra bajeza! ¿Quién no robó por desesperación o carestía? ¿¿O sois perfecto de pe a pa?? No podeis prejuzgar así a un noble servidor, ¿sabeis? ¡Quedará en vuestra conciencia!
Pero el tipejo aquel ya pasaba unos grilletes por la empuñadura del tablero de la máquina y se disponía a ponérmelos, cuando se escuchó un golpe fuerte y quedamos a oscuras en toda la sala.
CONTINÚA EN EL PRÓXIMO NÚMERO.
