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Diablitos de marzo

(y del fracaso de nuestro héroe en la noble empresa de adquirir documento, la posterior reflexión que sucede a toda derrota y la aparición de un personaje peculiar que genera intriga y extrañeza)

Por Lord Petit Maître

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Se hizo la noche, mientras seguíamos esperando que alguien nos atendiera en aquel honorable recinto de verdad y justicia. Sentía mucha mucha hambre y mis pies dolían por la buena costumbre del carruaje y los trabajos físicos leves. Decidimos emprender la retirada con el "pibe", y mientras caminábamos de regreso y la noche caía sobre nuestros hombros invencible, juré nunca más volver a aquel lugar. Cuánto odié al tipo que escribió ese capítulo sobre mi derrota. Yo sabía bien quién era, un simple papel no podía decir quién soy, mucho menos detenerme. 

Nuestros ilustres coturnos, los de mi amiguito, aquellos New Balance de goma y poliéster, también supieron desandar las calles, siempre respondiendo con silencio a mis honorables elogios de que vale más intentar y fracasar que no intentar, oquedades que usaba para levantarle el ánimo a mi noble siervo, que se veía muy apesadumbrado porque su amo no había obtenido el reconocimiento merecido. Montevideo se escondía en su aire taciturno, en la noche y en los hombros tristes de algún transeúnte que me prestó lumbre cuando se lo pedí, que respondió tímidamente, pero lo hizo, si le comentaba algo de la noche, de los edificios.

Yo y el chiquilín contra Montevideo, contra la luna y las estrellas, buscando los edificios que una vez habían sabido dejarse ver imponentemente y que ahora ya habían sido recortados, obliterados del rostro de la ciudad. Y en cada esquina o hueco que los edificios antiguos dejaban, otra obra grande, brutalista, hexagonal, blanca, trocando una ciudad por otra, injertando una ciudad en otra; usándola a modo de instrumento novedoso y versátil. “¿Cómo se atreven?” escuché decir y sentí la mirada del chiquilín de soslayo. El tipo al que le había pedido lumbre nos venía siguiendo y, en un efecto sinérgico de conexión sin precedentes, parecía venir pensando lo que yo, o mejor, venir redactando mis pensamientos.

—Esta ciudad no puede ser reconocida desde una tendencia arquitectónica o discursiva porque es irreconciliablemente atemporal…miren, miren aquellas casas viejas, esas cariátides, Montevideo es diacrónica, es la suma de cada Montevideo anterior, de cada pequeña muerte, no de una sola.

—Pero vaya, caballero. Tiene usted la sensibilidad de un poeta. Y eso que pensé ver en ustedes ningun otra cosa más que agrisamiento.
—El agrisamiento uruguayo es mentido.

—Yo no creo eso, si me disculpa la sinceridad.

—¿Qué puede saber un tipo como usted de nosotros? Mire cómo viene vestido…es obvio que no es de acá, así que opina sin conocer.

Dicho eso, el tipo giro sobre sus talones y dobló la esquina, seguido del humo del cigarro.

—Eh, ¡oiga! ¡La falta de respeto de estos simios es insoportable!

Luego me giré hacia mi lacayo y le ordené apretar el paso bajo amenazas hacia toda su raza. Ese tipo me había descolocado, primero generando aceptación por medio de esas bellas líneas que extendió con la soltura de quién cruza la calle o lustra un zapato. Luego insultando mi buen juicio y escapando sin mediar palabra o excusarse. 

—¿Cómo se atreven? ¡Él cómo se atreve!

Seguí descargando mi furia contra mi vasallo, quién recibía cada reprimenda con un gesto torcido de la boca. Todo eso terminó cuando llegué y la abuela me amenazó a mí.

Fue así que decidí dedicarme al noble oficio de vender revistitas con mi lacayo en su quiosquito. Le propuse abrir otro local en otro lugar y generar una red de comercios, que vendieran los mismos productos, pero revenderlos a la mitad de precio por comprar más cantidad. Pero a la abuela no le pareció buena idea y no pude solicitarle al repartidor la cantidad calculada por la suma debida, como ella siempre tenía a mano el tormento de divorciar mi cara de mi cuerpo, decidí llamarme a silencio para mejor destino. Pero un día acaeció que estando yo en el quiosco muy aburrido leyendo a Chesterton apareció un hombre alto y desgarbado, peinado raya al costado, solicitando un número de diario que informaba sobre reliquias arquitectónicas en Uruguay. Me pareció conocerlo de algún lado, mientras revisaba de la pila de reservados, aquel número. Pero mis búsquedas fueron infructuosas, el número no estaba por ningún lado. Entonces el hombre se puso furioso; que no podía ser, que qué desparpajo, ¡que qué insurgencia! Al fin, bajo mis nervios, hallé el número solicitado bajo otras pilas de diarios, cosa que hizo suavizar el tono del hombre y sus tratos, pagó con una suma de propina llamativa y se fue caminando sin alteración residual ninguna. Yo quedé ensordecido por su accionar anterior y pensé en hacerle saber mi desconcierto y mi descontento ante tal trato de un simple tipejo a un Lord de estirpe francosajona. Entonces recordé su cara a la luz de las farolas de las calles montevideanas, cerca de un cigarro, y vino a mi mente la identidad de aquel sujeto. Entonces llegó el lacayito y lo dejé disponiendo de mi quiosco mientras me dispuse a seguir al fulano por dónde lo había visto irse, a fin de hacerle saber cómo consistiría la transacción de una revista por dinero a partir de ahora, no me sería irrespetuoso tres veces. Lo vi doblar la cuadra del Ayuntamiento; o Intendencia, que le decían y apuré el paso.

El tipo caminaba hecho una sombra y esquivaba toda forma precisa de la notoriedad. Cuando llegué a la esquina, caminaba cuadra abajo con actitud decidida. Así fueron cuatro o cinco cuadras en que me llevaba a gatas y de a ratos paraba contemplar la ciudad, a mirar hacia arriba, sus cúpulas y torres, luego los edificios cuadrados y grasientos, los mismos que aquel tipo despreciaba pero con los que mezclaba para ser alguien.

En eso yo aprovechaba a alcanzarlo, pero cuando me acercaba lo suficiente para hablarle el tipo reanudaba su marcha incansable hasta la puerta de otro honorable recinto, menos honorable quizá que el anterior y más recinto propiamente. Era la Facultad de Artes & Humanidades, donde había conocido a mi valeroso asistente, un día dibujando un logo de revista en la vereda. El tipo entró decidido y yo quedé en el portal dudando; al final decidí entrar cuando udos pares de brazos me sorprendieron desde los flancos, inmovilizándome y separándome del bastón. Había sido emboscado.

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Revista "Barro", Uruguay

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