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La casa del sinvergüenza

Convalecencia Mors

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     A veces los recuerdos son trampas que nos tiende el pasado. Hoy justamente que, como tantas otras noches, me ha emboscado la nostalgia, he vuelto. He vuelto, sin caminar, a cierta esquina y cierta casa, a cierto barrio que en mi recuerdo permanece impertérrito, aquietado, como un cachilo viejo, hundido en la profundidad verdosa de un pantano. Quizá no sea un recuerdo que valga la pena resucitar de por sí, era una casa cualquiera —era menos que una casa— verá usted. Apenas tenía una ventana y una puerta, pero en mi memoria, todo se agranda y se hincha de sensaciones.
     Antes que el sinvergüenza llegara a mi vida y me arruinara por completo, antes que se tomara la libertad de pedirle a mi hermana que retirara cada uno de los espejos de mi casa, supe andar por las calles de un hermoso barrio, que es el Prado. Camino hacia la escuela, solía pasar por ahí de la mano de mi abuela. De todas las casas y fachadas señoriales, estaba ese terreno, siempre tupido de ligustros. Era imposible avistar nada desde afuera, entonces el acordeón de la imaginación se estiraba y se enrollaba mil veces a lo largo de las noches y los días, tratando de reconstruir algo detrás de aquellos ligustros.

     Evoco hoy, con la ternura inalterable de todo hecho consumado y perdonado, el día que, tiempo después, pasé para ir al liceo y, al hacer la curva de Petain, me abofeteó el aire fresco de la vista libre, el frente totalmente limpio del terreno. Había muchos hombres limpiando y podando, pasando raya a la pésima historia de aquel solar. Y contra una esquina de los muros, como amontonada, pude ver la casa. Era irrisoria, tenía una sola planta, y constaba, como ya mencioné, de una sola ventana en el frente y una sola puerta en el costado. Recuerdo haber notado el alféizar de la ventana picado para ensancharla desprolijamente, una imagen que persiste en visitarme durante las noches en vela, en que el sinvergüenza con su humanidad brutal se sube encima mío y aplasta mi espíritu; lo fatiga para que no escape.

     Fueron muchos años después, en la facultad, durante aquella carrera inconclusa —cuando el sinverguenza ya andaba merodeando y escondiéndose en mi casa, cuando no sabía todavía si me mentía— que la historia de esa casa apareció de pronto en boca de un profesor despreciable; fue la morada de un escritor muy renombrado, cuyo cuerpo se hinchó descomunalmente sin razón aparente, y del que supe que el día de su velorio, hubo que picar la ventana para poder sacar el ataúd por allí.

     Hoy a esa casa, me ha contado mi hermana, le fue injertada otra muy distinta y novedosa, de dos, quizá tres plantas, con faroles de doble luz sobre la fachada y canteros con agapantos siniestros. Aquel alféizar picado seguramente fue remendado y por eso mismo agradezco no poder verla con mis propios ojos, porque en mi recuerdo permanece intacta, silenciosa y aquietada como un cachilo en el fondo verde de un pantano.

     Por mi parte, sé bien, como ese escritor, que no escaparé de esta casa ni de esta prisión de carne que el sinvergüenza ha erigido para mí hebra por hebra cuando eligió, sin mi permiso, comer a rabiar, asquearse de tanta voracidad a costa mía y de mi alma —que por el contrario permanece escuálida, ayunada— y que no parará hasta verla convertida en la más disminuida de todas las desgracias.

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Revista "Barro", Uruguay

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