top of page

El tío Carlitos

Por Rodrigo Luaces

Image-empty-state_edited_edited.jpg

     Mientras comía, nos contaba su nueva changuita: pintar una casa allá frente a la plaza Suárez, por Evaristo Ciganda. Un edificio horizontal, un apartamento al fondo, una “vieja que vive sola”. Mordía, se relamía la comisura de los labios. Acababa de llegar de la “Cervecería” de Asencio y Abayubá. Borracho, como siempre. Agarraba la cabeza,  le iba sacando los incisivos y cortaba con mano y cuchillo la parte inferior de la mandíbula. Masticaba como podía. Al pobre tío Carlitos le quedaban pocos dientes. Apenas le servían para mordisquear la comida, que hacía bailar de un lado a otro de la boca para que se empapara bien en saliva y pasara olímpica por el esófago. Sospechábamos que había tenido una pelea, o al menos que le habían dado un piñazo, porque su ojo izquierdo no paraba de hincharse. “Fue con el goyo, ese viejo de mierda. Ta pasado. Amenazó con degollarme. Jate de joder”. Se hacía el vivo y siempre ligaba. Pobre tío Carlitos. Enfrente tenía un hocico y unos ojos cerrados, sin alma, a los que decía “te pagué cien pesos menos porque eras de ayer”. Con una mueca fija de dolor, el rostro del bicho parecía odiarlo.

     Al tío Carlitos lo íbamos a buscar a la cervecería los sábados. Muchas veces salía gritándole a alguien, y en su mano traía el almuerzo envuelto en papel de cocina. Ya sabíamos qué era. Lo mismo de siempre. Podíamos ver las orejas rosadas asomando entre el papel blanco. Solo recuerdo visitarlo esos días, los sábados. No sabía qué hacía el resto de la semana a sus setenta y tantos años, aparte de pintar alguna casa. Recuerdo su ropa manchada siempre de pintura seca, pegada a la camisa y al pantalón. Su andar lento, tambaleándose (por la borrachera y la vejez), se acompañaba del sonido del roce de las alpargatas en el piso: chs - chs - chs - chs. Lo escuchábamos atentos desde el sillón, mientras volvía del baño para seguir hablando con el hocico. -Lo recuerdo tan vivamente que casi estoy sintiendo su olor agrio, una mezcla de orina, alcohol y naftalina-.

     “El viejo Cifuentes nos debe ya como quinientos pesos”, decía. Ese tal Cifuentes era un vendedor de la feria, que extendía su alfombra en la puerta de la casa de mis tíos y colocaba sus baratijas: cuerdas, tornillos, cuchillos, tazas. A veces le pedía a mi tía un vaso de agua o algo para picar. De ahí la “deuda”, según mi tío. El odio era mutuo y a veces Cifuentes coqueteaba con mi tía para aumentarlo.

     Nos daba un poco de pena el pobre tío. ¿Cómo podía vivir así? Cuando se sentaba en la reposera en la vereda, ¿qué pensaba sobre su existencia? ¿Valía la pena su vida? ¿No le dolían los músculos, los dedos con ampollas, sus escasos dientes o esa especie de diente de carne que tenía, brilloso, a punto de explotar? Nunca nos dio por preguntarle nada. Solo lo acompañábamos todos los sábados. Éramos un elemento más de su rutina, como el goyo o el viejo Cifuentes.

     Aquel último sábado lo recuerdo bien. De una forma extraña la cabeza de chancho parecía interpelar al tío Carlitos. Este se vengaba cortándole la oreja, el cachete, arrancándole algún que otro pelo, destrozándole el hocico.

     Cuando terminó de alimentarse, nos echó de su casa.

     A los pocos días nos llamó llorando la tía y nos dijo que Carlitos no reaccionaba. Tras escuchar un chillido agudo había visto su cuerpo inmóvil en la cama. Cuando llegamos, lo contemplamos con horror. A los costados de su gorro de lana sobresalían sus orejas puntiagudas. Dos o tres pelos finos, como bigotes, partían de su pómulo hundido. Los ojos cerrados, la piel reseca, arrugada, como quemada. Por el cuello corría una fina línea de sangre, que lentamente empezaba a secarse. De su boca semiabierta asomaba la encía inferior con unos pocos dientes diminutos y esa especie de fístula inmensa, con pus. Daba la impresión de contener el aliento, como la cabeza de chancho.

Teléfono

(+598)98-888-452

Revista "Barro", Uruguay

E-mail

Logo Barro footer

Conectemos

  • LinkedIn
  • Instagram

2025. Todos los derechos reservados

bottom of page