Del conocimiento a la información: la producción del sujeto contemporáneo
Angie Nievas Aguilera

Introducción
La afirmación de Alejandro Dolina “La gente no quiere leer, quiere haber leído”, pronunciada en el programa La Venganza será terrible del 3 de agosto de 1994 denominado “Libros en pastillas”, trasciende el humor y la ironía para condensar una crítica cultural de notable vigencia. En ella se anticipa una lógica que hoy parece haberse profundizado, que es el desplazamiento de la experiencia por su apariencia, del proceso por el resultado y del conocimiento por la información. En este contexto emerge una pregunta que orienta la presente reflexión: ¿qué tipo de sujeto produce una cultura donde conocer ya no implica experimentar, pensar ni transformar(se), sino consumir información velozmente? Interrogar este fenómeno supone examinar cómo las transformaciones tecnológicas y culturales han reconfigurado nuestra relación con el saber y cuáles son las consecuencias subjetivas de habitar una época atravesada por la sobreinformación, la aceleración y el desarrollo de la inteligencia artificial.
En este contexto, el conocimiento deja de ser una herramienta de transformación subjetiva para convertirse, muchas veces, en un objeto de circulación rápida, acumulación y exhibición simbólica. La lógica de la inmediatez y la productividad atraviesa también las formas contemporáneas de aprender, leer y pensar, configurando sujetos constantemente expuestos a un flujo ininterrumpido de información, pero con cada vez menos posibilidades de detenerse en la experiencia reflexiva. La irrupción de las tecnologías digitales y, particularmente, la expansión reciente de la inteligencia artificial generativa no solo modifica las formas de acceso al conocimiento, sino también la relación del sujeto con el pensamiento, la memoria, la lectura y la construcción de sentido.
Desde esta perspectiva, la presente reflexión dialoga con los aportes de Walter Benjamin, Byung-Chul Han y Marina Garcés. Aunque pertenecen a contextos históricos y tradiciones filosóficas diferentes, sus trabajos convergen en la preocupación común que son las condiciones culturales y tecnológicas que configuran la experiencia, el conocimiento y la producción contemporánea de subjetividad. Benjamin advierte sobre la "pobreza de experiencia" característica de la modernidad; Han analiza cómo la hiperconectividad y el imperativo del rendimiento erosionan la contemplación y el pensamiento prolongado; Garcés sostiene que habitamos una nueva forma de anti ilustración, en la que la abundancia de información no conduce necesariamente a una mayor emancipación, sino que puede profundizar nuevas formas de dependencia intelectual. Finalmente, se recuperan los aportes de Marx para reflexionar sobre la mercantilización y la capitalización contemporánea del tiempo de ocio.
Walter Benjamín sobre la experiencia y su empobrecimiento
Benjamin inicia su ensayo Experiencia y pobreza relatando una situación en la que un padre anciano, en su lecho de muerte, lega a sus hijos una enseñanza nacida de la experiencia, como signo de sabiduría. A partir de esta imagen, el autor reflexiona sobre una época en la que la experiencia ya no parece posible de transmitir porque, en cierto sentido, tampoco parece posible de generar. Ya no hay quien la produzca ni quien esté dispuesto a escucharla. Luego de la Gran Guerra, afirma Benjamin, los hombres regresaban mudos de los campos de batalla, aquello que habían vivido parecía resistirse a ser narrado, regresaron de los campos de batalla empobrecidos en experiencia comunicable. No volvían cargados de relatos capaces de orientar a otros, sino marcados por acontecimientos que parecían resistirse a toda narración. Paradójicamente, gran parte de esos acontecimientos terminó siendo relatado por quienes no los habían experimentado directamente. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto esos relatos pueden considerarse verdaderamente empíricos?
Un nuevo mundo había nacido y, para quienes pertenecían al anterior, solo quedaba la experiencia de una existencia devastada. Como señala Benjamin (1933):
Estamos frente a una nueva barbarie, desterrados de experiencias individuales y colectivas significativas, no parece quedar otra alternativa que comenzar de cero, sin una dirección clara. Sin embargo, esta pobreza de experiencia no implica que el ser humano anhele nuevas experiencias, por el contrario, Benjamin sostiene que se encuentra saturado, agotado por la acumulación de estímulos y por la ilusión de totalidad que ofrece la modernidad.
Esta reflexión adquiere una vigencia particular en la actualidad, donde la hiperconectividad y la virtualidad generan una permanente estimulación que muchas veces separa al sujeto de la experiencia vivida. Se configura así un sistema orientado al consumo inmediato más que a la elaboración de sentido. Los acontecimientos parecen sucederle siempre a otro; las experiencias subjetivas se fragmentan y pierden su capacidad de constituir un horizonte común. Volviendo al relato inicial de Benjamin, cabe preguntarse: ¿qué experiencias podemos transmitir a las otredades si ni siquiera nosotros, inmersos en una sobreabundancia de información, tenemos claridad sobre aquello que sabemos o sobre lo que realmente podríamos legar? Habitamos un mundo donde realidad, sueños, imágenes e ideas se entrecruzan constantemente, produciendo una cosmovisión cada vez más difusa de aquello que está siendo. En el programa donde realiza la afirmación que da origen a este análisis, Dolina utiliza una metáfora particularmente sugerente, donde sostiene que, si la cultura pudiera administrarse mediante pastillas o inyecciones, muchas personas las consumirían gustosamente para obtener sus beneficios sin atravesar el proceso que toda experiencia cultural exige. La ironía es evidente, lo que Dolina denuncia desde el humor es, en gran medida, la misma pobreza de experiencia que Benjamin identifica como uno de los rasgos centrales de la modernidad. Haber leído reemplaza a leer; exhibir conocimiento sustituye al esfuerzo que supone construirlo, en este sentido, la metáfora de Dolina expresa con notable claridad aquello que Benjamin había advertido décadas antes, que es la progresiva pérdida de la experiencia como dimensión constitutiva de la vida humana.
Han y “las cosas del mundo” que se sustituyen y se pierden
Por su parte, Byung-Chul Han, en su obra No cosas, da cuenta de un cambio de paradigma en el que las cosas físicas y lo real (en un sentido profundamente ontológico) pierden centralidad frente al predominio de la información digital. El smartphone aparece como el artefacto paradigmático de esta transformación, condensando en sí mismo funciones, vínculos, experiencias y formas de acceso al mundo que anteriormente se encontraban distribuidas entre múltiples objetos y prácticas. Resultaría apresurado afirmar que las experiencias mediadas por dispositivos digitales son ajenas a lo sensorial, por el contrario, el smartphone se presenta como una tecnología capaz de ofrecer experiencias inmersivas que involucran la vista, el oído e incluso formas específicas de interacción táctil. Sin embargo, el problema señalado por Han no radica en la inexistencia de la experiencia, sino en la transformación de su naturaleza. Lo que antes acontecía mediante la relación con las cosas del mundo es progresivamente sustituido por flujos de información.
En este sentido, Han sostiene:
El orden terreno, el orden de la tierra, se compone de cosas que adquieren una forma duradera y crean un entorno estable donde habitar. Son esas “cosas del mundo” (...). El orden terreno está siendo sustituido por el orden digital. Este desnaturaliza las cosas del mundo informatizándolas (...) (Han, 2021, p. 12).
Esta afirmación permite retomar y profundizar el diálogo con la premisa de Alejandro Dolina, «La gente no quiere leer, quiere haber leído». Lo que se encuentra en juego no es únicamente una transformación de los hábitos culturales, sino una modificación más profunda de la relación entre experiencia, conocimiento e información.
La lectura de un libro supone un encuentro singular con un texto, un tiempo de dedicación, una elaboración subjetiva y una experiencia interpretativa irrepetible. Sin embargo, en el ecosistema digital contemporáneo esa experiencia puede ser sustituida por fragmentos informativos condensados en reels, videos breves, hilos de redes sociales o resúmenes instantáneos. La experiencia de leer es reemplazada por la circulación de información acerca de lo leído. Esto conduce a una pregunta fundamental: ¿puede producirse conocimiento a partir de la mera acumulación de información? ¿Es posible afirmar que se conoce una obra porque se dispone de una serie de datos o interpretaciones breves sobre ella? El conflicto no reside únicamente en una cuestión individual, sino también en las consecuencias culturales de esta transformación. La lectura involucra una relación directa con la teoría, la narración, la poesía o el pensamiento filosófico. Cada lector produce una interpretación singular a partir de su propia experiencia. Cuando esa relación es sustituida por el consumo de versiones resumidas, la experiencia original cede lugar a una mediación que ya llega elaborada por otros.
No se trata de afirmar que los resúmenes o las herramientas digitales carezcan de valor, sino de advertir una diferencia sustancial entre acceder a información sobre una obra y atravesar la experiencia que dicha obra propone. En términos de Han, la lógica de las cosas es reemplazada por la lógica de la información; en términos de Benjamin, la experiencia se empobrece; y en términos de Dolina, se vuelve más importante poder afirmar que se ha leído que realizar efectivamente la experiencia de la lectura.
Los reels, los resúmenes automáticos, los hilos explicativos o los videos de «un libro en sesenta segundos» funcionan, en cierto sentido, como aquellas inyecciones culturales imaginadas irónicamente por Dolina en 1994. Permiten acceder rápidamente al resultado simbólico de una experiencia sin atravesar el proceso que la constituye. Lo notable es que aquello que Dolina formulaba como una exageración humorística parece haberse convertido, tres décadas después, en una de las lógicas dominantes de producción y consumo cultural.
Tiempos de anti ilustración de Marina Garcés
Las reflexiones de Marina Garcés permiten profundizar aún más este diagnóstico, en Nueva ilustración radical, la autora sostiene que atravesamos un tiempo de antiilustración. A diferencia de la propuesta kantiana de la ilustración como una tarea permanente de emancipación mediante el ejercicio crítico de la razón, las sociedades contemporáneas parecen avanzar hacia formas cada vez más sofisticadas de dependencia intelectual y afectiva. Según Garcés, el presente se caracteriza por la proliferación de narrativas simplificadoras, el avance de discursos autoritarios y una creciente incapacidad para imaginar horizontes colectivos de transformación. En este contexto, señala:
Desde todos los ámbitos, lo que triunfa es una fascinación por lo premoderno: todo lo que había “antes” era mejor. Como ha explicado Zygmunt Bauman en su libro póstumo, es el refugio en lo que él llama “retrotopías”; es decir, en utopías que se proyectan en un pasado idealizado (Garcés, 2017, p. 8).
La imposibilidad de proyectar futuros compartidos conduce a una búsqueda permanente de respuestas rápidas para problemas complejos; se idealiza el pasado mientras el porvenir aparece difuso e incierto. En ese escenario, la reflexión crítica pierde terreno frente a la inmediatez de la opinión y el consumo constante de información. Garcés retoma también la célebre expresión kantiana sobre la «minoría de edad» para señalar una transformación significativa de nuestro tiempo:
Kant, en su famoso ensayo ¿Qué es la ilustración?, hablaba de la “autoculpable minoría de edad del hombre”. Hoy, más que minoría de edad, lo que tenemos es una sociedad adulta, o más bien senil, que cínicamente está dispuesta a creer o hacer ver que cree lo que más le conviene en cada momento” (Garcés, 2017, p. 9).
La paradoja contemporánea radica en que vivimos rodeados de información y, sin embargo, con crecientes dificultades para elaborar conocimiento significativo. Sabemos cada vez más cosas, pero comprendemos cada vez menos, accedemos a miles de contenidos, pero encontramos mayores obstáculos para sostener la atención, la lectura prolongada, la reflexión y el encuentro con la complejidad. En este punto, la afirmación de Dolina adquiere una dimensión que trasciende el mero comentario cultural. “La gente no quiere leer, quiere haber leído” expresa una transformación profunda en la relación del sujeto con el saber. Lo que se busca ya no es necesariamente la experiencia que produce la lectura, sino el reconocimiento simbólico asociado a ella.
Reflexiones finales
Benjamin advirtió sobre la pobreza de experiencia, Han describió la sustitución de las cosas por la información, Garcés señaló las consecuencias de una sociedad que renuncia progresivamente al ejercicio crítico de la razón. Entre los tres autores emerge una misma preocupación, que es la pérdida de aquellas experiencias capaces de transformar al sujeto y de construir mundos compartidos. El problema no consiste únicamente en que las personas ya no lean, sino en las condiciones históricas que vuelven cada vez más difícil detenerse a hacerlo, la lógica del capital no busca solamente apropiarse del tiempo de trabajo, sino también colonizar el tiempo libre, transformando cada instante disponible en consumo, circulación de datos, producción de atención y generación de valor. Cuando Marx afirmaba que “el capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo” (Marx, 2008, p. 279). , describía una dinámica que hoy parece extenderse más allá de la fábrica. El tiempo de ocio, la atención, los vínculos y las prácticas culturales también forman parte de los espacios donde el capital busca expandirse. La lectura, precisamente porque exige lentitud, concentración y una temporalidad improductiva desde la lógica de la rentabilidad inmediata, se vuelve una práctica cada vez más incómoda. Por eso, el problema no radica simplemente en que existan resúmenes, reels o inteligencias artificiales capaces de condensar información. El verdadero desafío consiste en preguntarnos qué sucede cuando comenzamos a valorar más el resultado que el proceso, más la información que la experiencia, más el haber leído que el leer.
Tal vez aquello que se pierde cuando renunciamos a la experiencia de la lectura no sea solamente el contenido de un libro. Lo que está en juego es algo más profundo, la posibilidad de demorarnos en el pensamiento, de transformarnos a través de él y de construir, junto a otros, una relación más humana con el conocimiento y con el mundo.
