Aquellas pequeñas cosas
Por Nacho Gomes
(…) Sé que he venido a sangrar una herida sin piel, un reclamo local, una queja de a pie, en la sala de espera de un mundo mejor...y arreglar la baldosa del mundo que soy. (…)
La República de la Vereda (2026).
Murga Cayó la Cabra

Las intertextualidades a veces son repentinas, sorprendentes, hasta casi místicas diría algún supersticioso. Cosas que pensamos un lunes y sucesos inesperados que un miércoles vuelven a traernos aquel pensamiento recurrente. Eso me sucedió hace un par de días en el tablado 1º de mayo tras presenciar el espectáculo denominado “La República de la Vereda” de la murga Cayó la Cabra. ¿Por qué? Por haber puesto en el centro del debate carnavalero la reivindicación del espacio público como lugar de encuentro y construcción de la ciudad; un tema que me viene obsesionando desde hace ya unos cuantos meses.
La Cabra reprueba, jocosa pero crudamente, al gobierno comunal del Frente Amplio por el inexistente cuidado de la ciudad en casi cuarenta años al frente de la Intendencia de Montevideo: las veredas rotas, la falta de luz, el descuido generalizado de una ciudad en la que: si te quieres deprimir, toma un mate con bizcochos, solo tienes que salir, a pasear por 18 . No conformes con ello, los murguistas van un paso más allá poniendo énfasis en que si el epicentro de la city es presa de tal desidia no te quiero ni decir los barrios más olvidados*.
Si bien en determinado momento algún desprevenido u oportunista podría pensar en una crítica desde el lugar meramente estético o conservador de lo que “queda lindo” o “queda feo” en una metrópoli con aires de museo sepulcral; dicha conjetura se hace añicos cuando empezamos a percibir que desde lo aparentemente pequeño (sé que mi sueño no fue trascendental y profundo *) se escala progresivamente hasta un pedestal inconmensurable y esencial (un hijo sale a jugar en esta tierra hostil donde la gente aprende a huir *).
En esta representación artística nuestra capital no busca convertirse en monumento sagrado ni reliquia intocable (como quisieran algunos) sino en sueño de marea colectiva, siempre en movimiento, lugar animado y permeado por el diario vivir de vecinos y vecinas. Estos osados devotos de Dios Momo no fomentan la sacralización de parques y plazas ni la “privatización” de lo inherentemente público. Existe en el alma de sus divinos cuplés un quid de la cuestión bastante más profundo y menos solemne que el grito histérico por un busto vandalizado o una pared cubierta de grafitis.
(…) quizás no está en la agenda recuperar la vereda y sus charlas infinitas, su mezcla de distintos, su batalla contra lo individual; pero quizás en algún lugar de nosotros sigue viva la ilusión de volvernos a encontrar. Como acá…ahí…en la república de la vereda (…) *
El anhelo, y hasta la demanda, de una ciudad más amigable, con menos basura, menos deterioro y mejor iluminada excede al concepto de imagen en su sentido más frívolo y va al encuentro de la verdadera convivencia ciudadana, un compartir auténtico y no solamente declamado, una utopía humanista en detrimento de la distopía tecnológica - alienante que nos guarda entre cuatro paredes. Por ello las referencias a jugar en la calle, al mate como ritual, aquella ya lejana silla de playa que impulsaba el diálogo puerta a puerta; todos elementos de unión y no de aislamiento. Elementos que igualan (en la mejor de las acepciones) en lugar de segregar. Elementos cooperativos y no jerárquicos.
La vereda no deja de ser un territorio en disputa y hecho por seres humanos; lo cual no implica indiferencia, olvido, maltrato, suciedad, violencia o falta de cariño por nuestro propio hogar. La invitación a un paisaje más armónico, la crítica a la inseguridad o la fiel narración de lo peligroso que puede ser para una mujer sola andar por la noche en pleno centro capitalino lejos está de hacerle el juego a la derecha * o de proponer que una élite determine la única e indiscutible construcción cultural de todo lo que aquí suceda.
Habrá que mejorar infinidad de aspectos ya mencionados para que el tránsito por nuestra amada urbe y la consecuente artesanía de comunidad sean posibles. Claro que el territorio no es un libro ya escrito, dice sin decir La Cabra, sino un libro con diversas posibles reescrituras (provocadas por la interacción entre semejantes) y para que dichas reescrituras sucedan será indispensable vivir en condiciones mínimamente dignas, no insalubres.
Conjugando crítica constructiva y humor inteligente, el conjunto fundado en el año 2007 va en busca de recuperar el espacio público que nos pertenece a todos y todas sin importar categorías reductoras o miopías partidarias. Sin delirios de grandeza y con apego a las raíces, La Cabra va de menos a más y elige el verdadero arte “comprometido” justamente por permanecer ajena a todo panfleto; el arte más difícil y más bello, aunque, en muchas ocasiones, el menos conveniente para llegar al éxito de los concursos desangelados.
[*El asterisco señala fragmentos textuales del espectáculo de la murga]
